La primera página de mi novela Cuatro Artistas, Cuatro Sonrisas

Como bien sabréis, hace un par de días publiqué mi primera novela: Cuatro Artistas, Cuatro Sonrisas. Pues bien, hoy os quiero dejar la primera página de dicha novela para ver qué os parece. Espero de corazón que la disfrutéis.

 

 

La desesperada impaciencia
-Shirley Rickford Martínez-

I
Un chico

Viernes, 20 de febrero de 2009,
Chapter Street, Londres

 

Vaya par de iluminados tengo al cargo de la columna de cine que dirijo. Ninguno de ellos asistió al estreno del miércoles y ahora me toca a mí hacer la crítica de Gran Torino; tarde, muy tarde. Bah, ya no importa. Ahora disfrutaré de la película y punto. En otro orden de cosas. A una se le ocurre pensar en cualquier tontería mientras está aburrida de esperar en la cola del cine, como preguntarse quién será el chico que está delante mía. Viste todo de negro; su pelo, del mismo color que su ropa, lo tiene recogido con coleta alta y su barba descuidada le da un aspecto de motero que, en realidad, no pega nada con él. Pues sus ojos delatan un miedo y una tristeza muy arraigadas. Está solo y no deja de ver hacia un lado y al otro; parece nervioso o triste, no estoy segura. No es tan feo como para estar solo, tal vez le sobren un par de kilos, pero no le sientan nada mal. ¿Realmente estará solo? Me parece guapo de un modo muy especial, pero nunca me fijaría de ese modo en un chico de… ¿dieciocho años, tal vez? Ya tengo treinta recién cumplidos, y la época de los adolescentes ya pasó hace tiempo. Llega su turno. «Una entrada para Gran Torino. Arriba en el centro, por favor», dice. La taquillera pone una cara extraña y yo me adelanto.

—Que sean dos entradas arriba en el centro —digo. Se sonroja y simula una tos para que no le vea—. Yo invito a las entradas y tú a las palomitas, tal y como habíamos acordado, ¿recuerdas?
El chico asiente. Se le ve tan débil que hasta llego a sentirme una acosadora. Mierda, tal vez se piense que soy una buscona. ¿Y le busco? ¿Qué busco en realidad? No, vamos a disfrutar del maestro Eastwood y ya está. Nos alejamos de las taquillas.
—Shirley. Shirley Rickford —me presento tendiéndola mi mano y mi sonrisa.
—Arthur —el chico me da la mano durante un ínfimo instante. Está hecho un flan, pobre. Soy una extraña que tiene más morro que cabeza—. ¿Por…? ¿Cómo? —frunce el ceño y agita la cabeza sin saber muy bien cómo preguntarme.
—Tranquilo, no soy una violadora ni nada parecido —diciendo esto todavía parezco más una buscona—. Mira, no sé, me apetecía conocerte. Si tuviese algún motivo en concreto te lo diría, pero no tengo ninguno. Joder, parece que conocer gente se ha vuelto más difícil con el paso del tiempo.
—Sí, tienes razón. Por cierto. Me llamo Arthur.
—Ya me lo has dicho —sonrío y él intenta camuflar su risa y sus mejillas sonrosadas entre la tos.
—Lo siento, estoy un poco nervioso. Nunca se había fijado en mí una chica.
No me creo que nadie se haya fijado en él, pero si llega a pensar eso es porque su vida amorosa ha sido de todo menos buena. Pero con dieciocho años cuántos dicen eso en vez de: «nunca he follado con una». Tal vez sea que nos acabamos de conocer y nadie dice eso de entrada, pero aún así… Bah, a lo mejor es un psicópata frío y calculador. Dios, definitivamente debería dejar de ver películas de Scorsese.
—Nunca intentes ligar dando lástima —le digo mientras busco en mi bolso mi libreta de apuntes.
—Nunca intento ligar —Arthur se viene arriba y parece ganar confianza, como si estuviese más seguro de eso que de que hay días lluviosos en Londres—. Cuando uno liga, miente. Es como el marketing llevado al extremo más asqueroso. Creas una necesidad y por ahí te cuelas en la mente de la persona. Es horrible, asqueroso, mezquino.
—Entonces, ¿cómo piensas conocer a chicas?
—No lo sé —Arthur viniéndose abajo—, pero no quiero ligar.
Le veo con sorpresa al darme cuenta de que me he fijado en él gracias a su mirada triste. Prefiero a una persona triste que a un falso alegre, porque en el fondo todos estamos tristes y solos, así que me gustan ésos pocos que tienen el valor de reconocerlo y, aún así, tener una sonrisa que compartir.
—¿Por qué estás triste? —le pregunto como si nos conociéramos desde hace diez años y no cinco minutos.
Arthur se encoge de hombros.
—Supongo que de tanto Bukowski —dice finalmente.
—¿Estudiante de literatura?
—Algo así. Leo mucho por mi cuenta.
—Pues menos Bukowski y más el Mark Twain en sus inicios.
—Te quiero —hizo una pausa tan larga que creo que mi corazón también se detuvo. Carraspeó y continuó—: Te quiero decir si quieres palomitas dulces o saladas. Quedamos en que invitaba.
—No hace falta. Fue sólo una broma.
No me hizo caso y se marchó al puesto de palomitas. Me pregunto cuántos años nos llevaremos. Al cabo de dos minutos regresa con dos boles pequeños de palomitas y bebida.
—Te he pedido Coca-Cola. ¿No sé si te gusta?
—Me lo podrías haber preguntado si no te largases a todo leche —dije, con cierta sorna.
—Lo siento.
Le paso el brazo por encima de los hombros.
—Bobo —le sonrío—, claro que me gusta.
De nuevo se sonroja. Me vuelvo a preguntar cuántos chicos habrá como él en los tiempos que corren. En nuestro camino hacia la sala cinco no saco el brazo de sus hombros; se está bien cuando necesitas dar cariño y el receptor necesita que lo quieran. Entramos en la sala, nos sentamos y permanecemos en silencio. No sé qué decirle, la verdad. Me gustaría darle un beso y decirle que en el futuro todo irá bien, que encontrará a una chica que en vez de decir «te quiero», diga «te amo». Estoy convencida de ello. Pero no puedo darle un beso. Arranco una hoja de mis notas y le escribo: «Todo irá bien. Encontrarás a esa chica que tanto buscas, no te preocupes. Estoy convencida de ello». Le dejo la nota sobre la rodilla y él la recoge con cierta timidez. La lee, la vuelve a leer, y sus ojos se vuelven un poco más vidriosos tras cada lectura. No me dice nada, pero sus labios se arquean hacia arriba y me recuerdan a la figura de un arco antiguo. Si me pongo a pensarlo fríamente, no sé cómo he hecho lo que he hecho.
—¿Cuántos años tienes? —pregunto con cierto nerviosismo.
—Dieciocho, tranquila.
Se apagan las luces y comienzan los trailers.
—Yo tengo veinticinco —le miento.
—Ah, pues pensé que tendrías unos veinticuatro como mucho.
—Eres adorable —me dejo caer en el sillón del cine. Le muestro mi mejor sonrisa y le repito—: Eres adorable. En realidad tengo treinta años —bajo el tono de voz al percatarme que un señor de tupido bigote y chaqueta roja me observa con desdén.
—Pues estás muy bue —cambia rápidamente el tono de voz y carraspea—… Eres muy guapa. Te quiero —dice entre dientes.
Hago como que no lo he escuchado y procuro no mantener contacto visual. Mi parte inconsciente grita que le bese, pero la razón me obliga a taparme los oídos y dejar que crea que necesito ir al otorrinolaringólogo. Tal vez si él tuviese cinco años más, me creería que fuese una persona madura. Pero… No, no puedo estar con alguien que sea un crío.
—Gracias —le digo al cabo de un rato—. Por cierto. Me gusta ver las películas en silencio. Lo siento es una manía, una afición; llámalo como quieras.
—Ah, vale. No te preocupes. A mí también me gusta verlas en silencio.
Me doy cuenta de que he dibujado su nombre en una esquina de la libretita. Creo que se me está pegando «el síndrome del adolescente enamorado». Arthur y Shirley, no suena mal y, siendo sincera, hasta me gusta. ¿¡Pero qué estupideces digo!? Empieza la película y Arthur se pone a comer palomitas.

Espero que os haya gustado. Podéis adquirir la novela completa por 2,99€ desde amazon.es a través de este enlace.

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