Reflexiones a mitad de semana

Hoy quisiera cambiar un poco de estilo y me gustaría hacer dos pequeñas, pero importantes, reflexiones (posiblemente las más importantes que he aprendido a lo largo de mi vida) con metáfora final incluida.

Primera reflexión. A mí me encanta correr. Me sirve para desconectar o, a veces, para conectar con la realidad y darle un par de puñetazos, metafóricamente, claro. El caso es que un día, hará unos tres años, salí a correr como cada noche para hacer mis ocho kilómetros (creo que por aquel entonces hacía ocho kilómetros, no lo recuerdo bien). Cuando llevaba unos seis kilómetros, me resbalé y no me caí de milagro, pero me doble un poco la rodilla derecha. Pese al resbalón no paré ni un sólo metro, pues apenas me dolía y parecía que el dolor iba a menos. Cuando me faltaba casi un kilómetro para terminar noté que la rodilla derecha se había quedado rígida. Sopesé la opción de abandonar, de dejarlo por aquel día y de hacer el resto en otro momento. No abandoné. Continué corriendo, con la pierna derecha rígida como un palo. Terminé de hacer los ocho kilómetros. Tras aquello estuve dos días sin apenas poder mover la pierna. Pero, pese a ser una imprudencia, en ningún momento dije «no valió la pena». Sin embargo sí pensé en todo momento que había luchado contra mí mismo y que había ganado.

Segunda reflexión: Si estáis por aquí os podréis imaginar que soy escritor o, en su defecto, que intento serlo. Pues en el año 2013 yo era un escritor que, única y exclusivamente, escribía relatos. Así que, aquel año, más o menos por marzo o abril, me senté a escribir, como siempre, un relato. Lo tenía pensado casi de cabo a rabo, cosa que sólo me ocurrió aquella vez, pues no me gusta improvisar de vez en cuando. Hasta diría que me salió sólo el resumen del relato. Claro que, escribirlo, es muy distinto a hacer un boceto poco preciso. El caso es que, por aquellos meses, empecé a escribir «El atlas del corazón», que así se llamaba entonces. A las pocas páginas quise quemarlo, borrar todo lo escrito; no me gustaba nada. El personaje sí me gustaba, pero la historia me parecía tener poca sustancia. Pero como soy bastante terco cuando se me pone algo entre ceja y ceja (cosa que pocas veces ocurre, ojo), decidí continuar y ver qué ocurría. Al cabo de otras pocas páginas, mi percepción cambió y sentí que el personaje había tomado cartas en el relato y lo había puesto a sus pies. Me sentí, aunque cueste entenderlo, un mero espectador, y esto, aunque parezca contradictorio, es una de los mayores placeres de escribir. Haré un breve inciso para intentar que me entendáis. Imaginad que estáis leyendo vuestro libro preferido. Estáis enganchados, lejos de la realidad, de los problemas; os sentís felices. Ahora imaginad eso multiplicado por tres: así es escribir (cuando te salen bien las cosas, claro). Volviendo al asunto que quiero tratar. Terminé de escribir el relato un mes después. Unos veinticinco folios. Cuando uno termina un relato o una novela suele sentir una ligera sensación de bienestar y acto seguido una explosión de inseguridades: «¿habré contado lo que quería?», «¿podría extenderme más aquí o allá?». Y eso, como no podía ser de otra manera, me ocurrió a mí. Sentí que había personajes que me estaban pidiendo a gritos tener su propio capítulo. Me adentré en el terreno de la novela. Decidí darle al «relato» tres capítulos más. Ya estaba, ya se había convertido en novela. Pero esos tres capítulos tuvieron hijos y, finalmente, pasaron a ser siete capítulos más. Un año y tres meses después, cuando terminé de corregir el borrador por tercera vez y di por finalizada la novela, me sentí el hombre más feliz y el más desgraciado del mundo. J.K. Rowling estuvo un año sin poder salir de casa a causa de una depresión tras terminar la saga Harry Potter. Yo sentí algo así, pues el relato que había escrito en un principio había crecido tanto que, con la mano en el corazón, me podría morir y me iría muy, pero que muy, orgulloso de lo que había logrado escribir. ¿Cómo iba a superar una novela así? No puedo, ni podré.

 Y aquí viene la metáfora final. Las cosas son siempre diferentes pero, lo que tengo claro es que, de no gustarme lo que hago, jamás podría intentar superarme y disfrutar de ello. Si no disfrutase corriendo, aquél día hubiese parado inmediatamente de correr y me hubiese ido a casa para darle un masaje, inmerecido, a mi maltrecha rodilla. Si no disfrutase escribiendo, no tendría el ánimo suficiente para continuar escribiendo aquel relato que había nacido torcido pero que se convirtió, finalmente, en un caballero de reluciente armadura. Y éste es mi humilde consejo: Amad lo que hacéis y convertiréis los obstáculos en oportunidades.

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3 comentarios en “Reflexiones a mitad de semana

  1. Ése es un estupendo consejo que deberíamos tener presente todos los días. Muy buen post, Alfonso!

    https://bibliotecaencasa.wordpress.com/

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    1. Muchas gracias.

      P.D.: Eres el primer comentario de mi página.

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      1. Pues todo un placer Alfonso! 🙂

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