Relato: París

Empezamos la semana con un relato que publiqué hace algún tiempo en este podcast (en dicho podcast también podréis escuchar otro relato mío titulado La Espera en el Semáforo). A continuación podréis leerlo.

 

París

Era el atardecer del 13 de agosto del 2014, y Sara se encontraba absorta observando la pluma estilográfica que, años atrás, le había regalado Claudia, su íntima amiga. Era una simple pluma de cuerpo cromado y punta dorada, pero había algo en ella que le fascinaba y a la vez le dolía; quizá fuese el recuerdo del momento en que Claudia le tendió la mano con una sonrisa y le dijo: «¿qué es una escritora sin una pluma?». Sara nunca había sido capaz de estrenarla. Cada vez que llegaba de su trabajo, desde hacía más de doce años como cocinera, abría el cajón del escritorio y veía la pluma en el estuche negro y pensaba que, algún día, iría a la tienda a comprar papel que pondría sobre la mesa y comenzaría a escribir. Y en una ocasión aquel día llegó, pero, tras hacer todo el juego preliminar, se dio cuenta de que la pluma no tenía tinta, así que guardó todo en el cajón y se olvidó de ello. Unos meses después de aquello, abrieron cerca de su piso una papelería. Pasaba todos los días frente a la tienda y podría entrar sin mayores problemas y comprar cinco cartuchos de tinta por menos de un euro. Pero no lo hizo. Todos los días siguió su camino meticuloso: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Aunque, en muy contadas ocasiones, tomaba un desvío para ir hasta el cementerio. Allí paseaba entre las lápidas ajenas hasta llegar a la de Claudia. Entonces recordaba el día en que le dijo que tenía cáncer. Claudia se había citado con ella en un café del boulevard Saint-Germain. Ya en la terraza, bajo la sombra de los árboles, le contó, sin perder su sonrisa ni por un instante, que tenía cáncer y que era de los que tristemente no tienen cura. Fue entonces cuando le tendió la mano y le dejó caer sutilmente en sus rodillas el estuche con la pluma. «Nunca olvides por qué venimos a París hace un año. Queríamos ser escritoras como Julio Cortázar, Fitzgerald o Sartre. Todos vivieron aquí y esta ciudad tiene esa magia para escribir», aseguró Claudia. En aquellos instantes Sara no tenía ganas de ser escritora ni de ser nada, lo único que quería era darle un abrazo a su amiga que se estaba muriendo. Claudia, sin embargo, parecía estar ajena a su enfermedad, hablaba sobre hacer un viaje hasta el cementerio de Montparnasse y visitar las tumbas de los grandes intelectuales. Ahora, doce años después, frente a la tumba de Claudia en Montparnasse, Sara suspiraba por no haber tenido tiempo para haber hecho ese viaje, pero, a su vez, se alegraba de haber podido ahorrar lo suficiente para que la lápida estuviese cerca de la de Julio Cortázar.

Algunos días, también muy escasos, Sara se iba al boulevard Saint-Germain y se fijaba en las niñas de cinco años que jugaban en las mesas de las terrazas. Y pensaba que, quizás, alguna de ellas fuese Claudia; una futura escritora con la valentía suficiente para coger una pluma y sentarse a escribir. Y nada más sentirse momentáneamente feliz, cogía sus cosas y se iba de vuelta a casa, se sentaba en el sofá y trataba de concentrarse en leer un libro o ver una película subtitulada en español; pero nunca podía concentrarse más de cinco minutos, pues la pluma parecía llamarla con cantos de sirena desde el interior del cajón. Entonces se acostaba a dormir y en los sueños le venían historias que contar, pero con la primera luz del día tan sólo quedaba un grito desesperado, impaciente, procedente del cajón del escritorio. Todos los días transcurrían idénticos, y cada vez era más lejano el eco de las carcajadas de Claudia. Pero aquel 13 de agosto Sara se había despertado de un modo diferente. Se había duchado sin escuchar la vocecita de la pluma, pero otra voz le vino a la cabeza: «Quizás tuviste que ser más valiente y contarle lo que sentías por ella», decía la vocecita, esta vez la de su corazón. Durante todo el día no volvió a escuchar ninguna vocecita y la ciudad parecía estar más callada de lo habitual. Tras servir durante doce horas en un restaurante del boulevard Saint-Michel, llegó a casa y no escuchó el rumor de la pluma bajo la puerta como siempre había ocurrido. Entró, dejó sus cosas sobre el sofá y vio hacia el escritorio, donde papel y pluma estaban perfectamente colocados para ser usados. Entonces se acercó a la silla, sucia a causa del abandono, y, despojándose de sus miedos, escribió su historia con Claudia.

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Espero que os haya gustado. Muchas gracias por vuestro tiempo. Saludos.

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