Relato: El mundo, una gota

Hoy os traigo el que fue el primer y único relato de humor que escribí. La vida de este Steven es tan complicada que…

 

 

El mundo, una gota

Steven se encontraba en su cuarto, observando completamente absorto cómo una gota pendía de la esquina de su ventana. A través de la ventana tenía, quizás, una de las mejores vistas de todo Londres, el Big Ben. Pero no, a él le interesaba más aquella gota indecisa pendiendo de un fino hilo en la esquina de la ventana. No tenía nada más de provecho que hacer aquella nublada tarde de febrero, bueno, salvo terminar el trabajo de filosofía que la profesora Rose le había pedido un mes antes. Su madre entró en repetidas ocasiones para obligarle a estudiar, pero él siempre se salía del paso con alguna frase filosófica estúpida. «Mamá, esa gota que pende es la vida a punto de estrellarse, el amor a punto de desvanecerse», aseguraba él sin quitar la vista de la gota. Su madre le levantó la mano pero Steven ni se inmutó. Finalmente la madre se fue de la habitación con los nervios crispados. Steven cerró la puerta de su habitación con llave, se sentó sobre la cama y buscó bajo ella una bolsa plástica con marihuana, filtros y papel. Se lió un porro sin dejar de contemplar a la gota con mirada profunda. De pronto, mientras salivaba el papel, su corazón se paralizó: una débil ráfaga de viento había estado a punto de estrellar a su gota. Encendió el porro y lo sostuvo entre los labios mientras sus manos se pusieron a enfocar como si fuese un fotógrafo. «Oh, sí, seré el nuevo Andy Warhol. Cambiaré el mundo del arte», se decía a sí mismo, convencido de su valía. Se levantó haciendo aspavientos coléricos como si estuviese teniendo «un ataque de genialidad», cogió su iPod y dejó que sonase Purple Haze, de Jimi Hendrix. Ahí, de pie, frente a la ventana, comenzó a tocar su guitarra imaginaría mientras daba largas caladas a su porro de marihuana. Su madre gritó para que él dejase de gritar. Al ver que no le hacía caso comenzó a aporrear la puerta. Steven se puso de los nervios. «¡Para! ¿No ves que así se caerá la gota y el mundo se vendrá abajo? Mi puñetero  y complicado mundo se vendrá abajo». Ella desistió, su hijo era una causa perdida. Steven, ya calmado, se acercó a la ventana y pareció querer acariciar a la gota. Se dio media vuelta y buscó su cámara y el trípode; tarea nada fácil dado el desorden del cuarto. Finalmente, con el porro ya casi consumido, encontró la cámara y el trípode debajo de un pequeño cesto de ropa sucia que, algún día, tenía la intención de lavar. Volvió a buscar el mejor ángulo para tirar la foto. Para cuando lo encontró, armó el trípode y puso la cámara sobre él. «¡Sí!, la gente inteligente comprenderá enseguida que la gota representa la vida. Será una foto legendaria», dijo en voz alta mientras daba la última calada. Ya para entonces todo le importaba poco excepto aquella diminuta acumulación de agua. Tardó un buen rato en enfocar, en buscar el ángulo, en escoger la ISO y la velocidad de obturación idóneos para retratar una gota tras el cristal, pero finalmente hizo la foto, aunque ésta salió desenfocada, cosa que no le importó ni lo más mínimo a Steven. «La gente inteligente comprenderá que el desenfoque es una metáfora sobre que no somos capaces de ver que la vida se está a punto de estrellar. Sí, eso es», dijo en voz alta, regocijándose en su éxito e inteligencia. Steven sacó la cámara del trípode, le lanzó un beso a la gota, se sentó en su silla de oficina y conectó la cámara al portátil. Pasó una hora en internet buscando los mejores filtros para aplicarle a su «magnífica foto». Finalmente se decidió por un paquete de filtros similares a los de Instagram. Escogió uno que, jocosamente, habían denominado «hipster». Tras aplicar el filtro todavía jugó un poco con los balances para finalmente dejarla como estaba. «Sin filtros capta mejor la esencia pura del momento, nada de adornos», dijo entre carcajadas autosuficientes; Steven ya estaba en la fase de la risa. Comenzó a dar vueltas con la silla de oficina mientras se imaginaba recogiendo premios como el Word Press Photo o, incluso, el Pulitzer. Lejos de pararse a pensar en los requisitos de dichos premios, su imaginación fue más allá y se vio trabajando como director de fotografía en una película de Scorsese. Los golpes de la madre, quien volvía a aporrear la puerta con fuerza, le sacaron del ensimismamiento. Bajó a almorzar pensando en los siguientes pasos a realizar. Quizá subirla a Instagram para que todo el mundo pueda ver su talento como fotógrafo, o quizá pudiese subirla a Twitter y mencionar a algún director famoso para que éste le contratase para su próxima película. Frente al pastel de carne, Steven maquinaba un plan medido al milímetro. Finalmente decidió hacer todo lo anterior y subirla, además, a Facebook. «Mis amigos sentirán envidia por mi talento», pensó.

—Mamá, seré un genio de la fotografía y os quitaré de la pobreza —aseguró Steven con una mueca de profunda seriedad.

—Hijo, pero si vivimos en uno de los barrios más lujosos de Londres —dijo la madre con un tono de hartazgo y sin un atisbo de sorpresa por la estupidez de su hijo.

Steven asintió convencido de que les iba a quitar de la pobreza, de que aquello que decía su madre no era más que una máscara que usaba para parecer fuerte.

Cuando Steven regresó a su cuarto se encontró con un panorama desolador: la gota se había precipitado contra el alféizar. Hincó las rodillas, puso las manos sobre el cristal de la ventana y comenzó a llorar desconsoladamente; estaba en la fase de la tristeza. Su mundo se había estrellado, su obra maestra ahora era un recuerdo más en una fotografía. Steven se repuso pasados catorce cronometrados segundos, se encogió de hombros y se dijo a sí mismo que era el momento de ponerse a estudiar. Abrió el portátil con la idea de usarlo para terminar el trabajo de filosofía, pero al ver su obra maestra en el escritorio… Conectó el teléfono al portátil y pasó la fotografía para subirla a Instagram, luego hizo lo propio con Facebook y Twitter. «Ahora sí, ya es el momento de estudiar», se dijo a sí mismo moviendo ligeramente la cabeza. Pero, cuando decidió apagar el portátil y hacer el trabajo a mano para evitar distracciones, un aluvión de comentarios invadieron su muro de Facebook. «Es muy buena, estás hecho todo un fotógrafo», decían unos. «Es una puta mierda. Ahora cualquiera es fotógrafo», decían los amigos más sinceros. Steven se quedó durante unos minutos más a contestar a las críticas positivas y luego se aseguró a sí mismo que iría a estudiar sí o sí. Pero, cuando cerró la tapa de su portátil y se dirigía a poner su móvil en silencio, éste hizo un ruido. Una notificación de Facebook. «Angelica te ha enviado un mensaje», decía la notificación. Steven, casi por pura cortesía, contestó al mensaje procurando ser breve para no perder más tiempo, pero Angelica era la chica de la que llevaba enamorado desde los diez años. A través de la ventana, Steven vio cómo las nubes se volvían transparentes para dar paso a la noche. Chatearon sobre fotografía y el futuro. «Sí, a mí me gustaría estudiar fotografía pero no sé, no creo que tenga demasiado tiempo libre como para estudiar una carrera», escribió él en uno de sus últimos mensajes.


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Espero que os haya gustado y recordar que vuelvo el lunes con más relatos, consejos e historias. Un saludo y gracias por vuestro tiempo.

P.D.: Si queréis saber más sobre cómo va a funcionar esta página personal, entrad aquí.

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