Relato: La espera en el semáforo

Hoy os traigo un relato corto sobre el amor y sobre cómo éste está, en muchos casos, con las alas cortadas a causa de la sociedad en la que vivimos. 

 

Manuel había salido aquella mañana sin poder desprenderse de una sonrisa sincera. Cogió las llaves de su viejo Citroën y salió de su piso con el ferviente deseo de que la noche se posase para poder regresar al lado de su querida Esther. Aquel día de noviembre llovía a cántaros, pero no le importó salir a la calle sin el chubasquero ni el paraguas; pensó que la lluvia era una muestra de felicidad que, como cualquier otra, la vida le regalaba. Caminó hasta su plaza de garaje, situada unas cuantas calles más allá de su casa, agitando las llaves felizmente. Abrió la puerta de su Citroën gris y arrancó dirección a Gran Vía, donde su trabajo como reponedor de un gran supermercado le esperaba. Cuando pasaba por la Avenida de Madrid y observó todos esos concesionarios, pensó que era el momento de cambiar de coche, que su viejo Citroën ya no daba más de sí. «Mañana mismo cambiaré de coche. Ya estoy harto de éste», se dijo mientras se detenía en un semáforo justo antes de llegar a la rotonda de Plaza de España con sus caballos cabalgando en un mar de plácidas olas. Allí, en ese breve espacio de espera, recordó la noche que había pasado con Esther. La vio pintarse los labios, perfumarse las muñecas y ponerse un vestido negro con lentejuelas con la única intención de estar guapa en la cena para celebrar su primer mes como pareja; algo que, en otra época, le hubiese parecido ridículo celebrar. Recordó lo risueña que estaba y cómo eso a él le hacía volver a sentirse vivo. Recordó cómo le tocó la mano cuando ella le dijo, ladeando la cabeza antes de sonreír, que le quería, que gracias a él su vida iba en una dirección. «Por eso estamos aquí, en este mundo», pensó él en el instante en que escuchó «te quiero». De pronto, en medio del tráfico de las ocho de la mañana, su memoria se trasladó de la noche anterior al primer día en el que se vieron. Ocurrió en la arena blanca de la Playa de Rodas, a mediados del mes de julio. Ella llevaba una chaquetita de lino granate, unos pantalones vaqueros oscuros y lucía una larga melena castaña suelta; el viento producía en su pelo esa imagen de triste soledad, de desamparo. Estaba sola, absorta, viendo cómo el sol se reflejaba en el mar mientras ella se entristecía al ver la belleza de la escena. Mientras el grupo de Manuel seguía al guía turístico de las Islas Cíes, él se quedó mirándola, como quien observa con detenimiento a La Mona Lisa esperando ese momento en el que muestre su sonrisa oculta. Y fue en ese instante cuando ella se dio la vuelta, y las sonrisas que ambos reprimían y ansiaban en sus respectivas tristes soledades salieron como dando empujones. Y tras tantas citas en cafés, cines y playas, museos y discotecas, se besaron justo dos meses después de haberse encontrado en la soledad de aquella Playa de Rodas, justo en el mismo lugar.

De pronto, los estruendosos bocinazos de los vehículos trajeron de vuelta a la tierra a Manuel, quien se había quedado en un precioso limbo esperando al semáforo en verde. Puso primera y arrancó su Citroën bajo los insultos de los enfadados conductores. Mientras tomaba la rotonda dirección Gran Vía, supo que la soledad seguía presente en todos los rincones, desde los bocinazos apremiantes a los insultos posteriores. En todas partes menos en los semáforos en rojo y en el corazón y manos de Esther.

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1 comentario en “Relato: La espera en el semáforo

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