Relato: El Disparo

Hoy os traigo un relato que escribí hace años y que he retocado hace poco. Un relato crudo y romántico como ningún otro de los que he escrito.

Aviso: Este relato contiene algunas escenas que, sin llegar a ser muy explícitas,  pueden resultar un tanto desagradables.

El disparo

        —Estás guapísima hoy —dije.

        El pasillo olía fuertemente a lejía. Estábamos los dos sentados frente a la puerta de la habitación de Sofía. A través de la ventana podía ver el cabecero de su cama, pero no a ella. De pronto un halo de luz y un estrepitoso ruido pararon mi corazón. Alcé la vista con pavor y vi sangre esparcida por toda la pared. Había sido un disparo limpio. No sufrió. Pero me preguntaba quién coño le había dado la pistola.

        Os preguntaréis cómo acabó Sofía en esa situación. Para ello tengo que retroceder cinco meses. Yo había conseguido una suma importante de dinero gracias a la lotería. 600.000 euros, nada más y nada menos. Le propuse a Sofía irnos de aquel pueblo de mala muerte. Siempre habíamos sido amigos y siempre nos habíamos mostrado un respeto casi enfermizo. Así que vivir juntos no debería ser un problema. Nos mudamos a Andalucía, concretamente a Montequito, al sur de Sevilla. Nos instalamos a los dos días de haber ganado la lotería. Era un piso en la quinta planta de un edificio nuevo. Nada lujoso: vistas a los ventanales de otro edificio, sin ascensor, sesenta y cinco metros cuadrados…, más o menos lo que aseguran ahora que es digno para vivir. Sofía pronto hizo amistades, yo, por la contra, me quedaba en casa jugando a ser escritor, músico, o cualquier profesión realizable a través ordenador.

        Un día se presentó Sofía en casa con su nueva amiga con la única intención de presentármela. Me encontraron dormido, estirado a lo largo del sofá azul, con un cigarrillo sin encender sobre el cenicero. En el portátil tenía una lista de cosas para hacer y, al menos el encabezado, estaba escrito; el resto, en blanco. La amiga, Alexandra, que así se llamaba, se sentó al lado de mi cabeza. Me despertaron sus carcajadas dulces, nada escandalosas. Me quedé embelesado por su belleza. Piel tostada, ojos de color avellana, pelo corto de color castaño, sonrisa pícara pero no falta de una dulzura verdadera. Se quedó a cenar. Luego, antes de irse, pude notar cómo la cena no era lo único que le había gustado; sus labios rozaron mi mejilla y se recrearon en ella, como si la recorriese con los dedos.

        Pasaron días, semanas, y ella siempre venía a casa, cada vez más a menudo. Esto me estaba distanciando de Sofía, lo cual, me resultaba realmente desagradable. Un día, en el que no vino Alexandra, me senté al lado de Sofía para hablar acerca de nuestra amistad; quise recuperar la buena relación que teníamos.

        —Quiero hacerte una pregunta y que me contestes seriamente—comencé—. ¿Por qué me has presentado a esta chica sin apenas conocerla de nada? ¿Acaso quieres librarte de mí y que me vaya de aquí?

        Cerró la tapa del portátil y se reclinó sobre el sofá.

        —No, no es nada de eso. Es que… —se quedó pensativa más tiempo de lo que debiera soportar mi corazón. Realmente temía cualquier respuesta—. Te quiero, pero no puedo perderte como amigo si salen mal las cosas.

        —Está bien. Está de puta madre —me levanté cabreado.

        Siempre la quise, desde el minuto uno de conocerla, pero lo que más me dolía era ver cómo la convivencia sería mil veces más complicada a partir de este momento y que, por desgracia, nuestra amistada estaba a un palmo de volverse quebradiza. 

        —Si hago esto es para que nos resulte más fácil a los dos. Si te veo feliz con otra chica podré poner tierra encima de este sentimiento —«¿poner tierra? Ni que fuese un entierro», pensé—. Dale una oportunidad a la chica. Date la oportunidad de ser feliz.

        Yo hubiese preferido estar feliz con ella, pero accedí a hacerle caso para tratar de relajar las cosas. Aunque, seguramente, estaba tan resentido con ella que por eso accedí. Las citas con Alexandra se sucedieron una tras otra, pero nunca nos llegamos a besar; algo me impedía hacerlo. Otra cosa no sé, pero Alexandra paciente sí era. Un día decidí invitarla a casa a cenar. Sofía me había dicho que saldría de fiesta, así que teníamos la casa para nosotros dos. Cuando íbamos por los postres, empezamos a escuchar gemidos.

        —Otra vez los vecinos —dije con cierto desdén—. Parecen conejos.

        Ella se río y me miró con mueca extraña que, en aquel instante, supuse que era de incredulidad.

        —Diría que están más cerca que tus vecinos…, diría que es aquí.

        Me quedé pálido. No me hizo falta agudizar los oídos, se escuchaban los gemidos cada vez más fuerte. Me quedé inmóvil mientras veía cómo Alexandra se sentía incómoda, quería irse pero, por otro lado, quería ver si, por fin, me decidía a besarla. Los gemidos se transformaron en gritos. Me empecé a sentir tan mal que agarré la cuchara que tenía en la mano con la intención de arrancarme los tímpanos. Era Sofía, la chica de la que estaba enamorado, la que se estaba tirando a otro. No lo soportaba, no lo soporté. Me levanté cuando, en un momento dado, me percaté de que los gritos ya no eran de placer. «Para, para por favor, me haces daño», gritaba ella, mientras el muy hijo de puta iba a lo suyo: «Ya termino ahora. Calla.» Los gritos de Sofía se hacían más palpables. Detrás de mí vino Alexandra armada con un cuchillo. Giré la cerradura: estaba cerrada —la falta de sexo me había vuelto tan estúpido que no caí en la cuenta de que la gente que vive en compañía suele cerrar la puerta con llave—. Solté una patada que destrozó la puerta de mierda —pisos españoles…—. Se asustó tan sólo el hombre. Ella se retorcía de dolor. Cuando vi el culo peludo de ese hijo de puta, me dieron ganas de darle una patada y que saliese volando por la ventana, cual Superman sin poderes. Le dije que se fuera, pero se hizo el macho y se negó. Alcancé con mi mano derecha una piedra que yo le había regalado a Sofía; tenía nuestros nombres grabados y debajo ponía: «Friends for life». —Suena cursi, pero así lo sentía, o algo así. Primero pensé poner: «Lovers for life». Pero no creo que le hiciese gracia. Las cuatro veces que me rechazó me sirvieron para no bromear con el tema—. Le avisé de nuevo que se fuera, se negó enseñándome su feo dedo corazón. Le apunté en toda la cabeza —nunca se me dio del todo mal jugar a los bolos–. Aceptó irse, tras sangrar como lo que era —un cerdo— y tambalearse hasta coger sus cosas e irse. Alexandra le vio salir desnudo y corriendo despavorido por el pasillo hasta la puerta principal. Se acercó para ver si estábamos bien. Le dije que esperase, que ahora estaría con ella. Me acerqué a Sofía y le di su ropa interior mientras me tapaba los ojos cortésmente. Seguía tumbada, llorando. 

        —No pasa nada —la abracé como nunca antes lo había hecho—, tranquila. Ya se fue para siempre. No te volverá a molestar jamás. Ya está.

        —Me acosté con el primero que encontré para que me odiases —aseguró, llorando más fuerte—, pero no hice bien. Es que… si me odiases quizás no te amaría tanto. 

        Siempre pensé que el odio no era más que una sucia capa de tierra que se puede limpiar fácilmente, por lo tanto no iba a mermar mi amor por ella. Alexandra entró en el cuarto para despedirse. La vi compungida y con los ojos como platos, así que la acompañé hasta la puerta. 

        —Por favor —le imploré—, no digas nada. Procura olvidarte de este puto día. Nunca ha existido.

        —No te preocupes. 

        La besé cariñosamente en la frente. Su rostro, laminado por la luz de la luna que entraba por las ventanas del pasillo, me dio una sensación de angustia y terror. Me despedí nuevamente y regresé al cuarto para emprender una larga noche al lado de Sofía, me necesitaba más que nunca, y a mí no me molestaba pasar tanto tiempo a su lado, cualquiera que fuese la situación.

        A los dos días, Sofía comenzó a visitar un psicólogo. Hacía terapia tres veces por semana. Nos comenzamos a ver menos. El piso, paso de tener sesenta y cinco metros cuadrados a tener, para mis ojos, unos seiscientos. Nos evitábamos para no tener que hablar de aquella noche. Supongo que el psicólogo le habría dicho lo contrario pero Sofía era muy testaruda. Estoy seguro de que veía más a Alexandra que a mí. Hablando de ella, tras aquella cena, tardamos tres semanas en volver a quedar. Ni tan siquiera me cogía las llamadas; bueno, siendo honestos, la llamada. A la tercera semana, sin previo aviso, apareció en la puerta de nuestro piso. 

        —¿Puedo pasar? —preguntó con timidez, como si nunca nos hubiesen presentado.

        —Sí, por supuesto —dije. 

        —¿Cómo está hoy? —«gracias por confirmarme que la habías visto en otras ocasiones», pensé—. Espero que se encuentre mejor que el otro día. ¿Está aquí o con el psicólogo?

        —No, está con el psicólogo. En cuanto a cómo está… He encontrado un montón de pastillas. Sé que está mal que rebusque en sus cosas pero me preocupa mucho. Creo que está perdiendo los nervios.

        —Esperemos que mejore, por su bien y por el nuestro. No me gusta verla así —«ni a mí…, ni a mí», musité. 

        —Esperemos. En fin, deja que te guarde el bolso y la chaqueta.

        —No, no es necesario —me hizo gracia que, pese a ser un bolso pequeño, estuviese tan cargado de cosas. Lo dejé en el mueble del recibidor y ella no le quitó el ojo de encima. 

        En esta ocasión, Alexandra no esperó que la besase. Supongo que se dio cuenta de que la habría mandando a la mierda de haberlo sugerido. Vimos un documental sobre orugas, o, al menos, estábamos viendo el marco plateado de la televisión.

        —Bueno, parece que tarda demasiado. Mejor vuelvo otro día.

        —Lo siento, últimamente no sé a que hora volverá. Más putas preocupaciones… En fin, espero verte pronto.

        Un mes después de aquella visita de Alexandra, Sofía ingresó en el hospital a causa de un ataque de ansiedad severo. Ni tan siquiera tuve la oportunidad de sentarme a hablar con ella, porque quizás pudiese haberla calmado. No lo sé. El caso es que en el hospital sí me aseguré de estar con ella en todo momento.

        —Tienes que ponerte buena —no paraba de acariciarle su mano derecha—. Ya no puedo verte sufrir más. Si lo necesitas me alejaré y cuando creas que podemos volver a tener nuestra amistad de siempre, vuelvo.

        —Nuestra amistad siempre estará —tenía la voz muy debilitada—. Sabes que te quiero, y eso no podrá cambiar. 

        —Pues intentemos ser una pareja. Ya sabes que siempre he estado enamorado de ti. Joder, siempre que comenzaba a soñar veía tu cara, tu cuerpo, tu sonrisa, tu forma de agitar los brazos al reírte… Espera, ¿por qué eso me ha sonado tan mal eso de que sueño contigo? —por fin la vi sonreír tras tantos meses. Al mismo tiempo, una lágrima nostálgica se desprendió de sus ojos. 

        —La enfermera no me deja que beba café, pero necesito uno, aunque sea de máquina.

        —¡Marchando un «cafelito» rico para la señorita!

        Volvió a sonreír y yo me quedé embobado viéndola, hasta que su grito de: “¡Venga, vamos, hombreee!”, me quitó de mi ensimismamiento. Mientras salía de la habitación me vino a la memoria una noche de tormenta en pleno invierno en la que teníamos quince años. Mis padres se habían ido, estábamos solos y leíamos tumbados en la cama —sí, solamente leíamos. A lo sumo jugábamos puerilmente a  acariciarnos las manos—. El primer trueno cayó tan cerca que ella, con el susto, lanzó el libro por los aires con la mala suerte de que cayó contra la bombilla del techo, haciéndola añicos. A oscuras, se abrazó a mí.

        —Pase lo que pase, no me sueltes. ¿Vale?

        Ni de broma iba a soltarla, me encantaba tenerla entre mis brazos. Desde ese momento, cada vez que llega un invierno similar, rezo para que comiencen a caer los truenos. Me acerqué a la cafetería que estaba en la esquina; obviamente no le iba a ofrecer un café de mierda. Pagué cuatro euros por un café para llevar. Cuando regresé, la preciosa figura de Alexandra cavilaba de un lado para otro. Finalmente se sentó. Un pequeño Ebro bajaba por sus tostadas mejillas sin parecer secarse prontamente. Me paré a saludarla. Sus manos, cruzadas sobre las rodillas, temblaban debido a sus piernas inquietas.

        —Estás guapísima hoy —dije, con la intención de hacerla sonreír también para probar si estaba en racha. Sí, sonrió, pero acto seguido me miró con rostro compungido—. Seguro que se recupera —aseguré con una sonrisa lo más dulce que pude.

        Sonó el fatídico disparo…

 

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Y aquí termina el relato. Si os ha gustado decidlo en los comentarios y, si veo que gusta, lo publicaré gratuitamente en Amazon para que cualquiera pueda llevarlo en su Kindle. Muchas gracias por vuestro tiempo y recordar que esta semana publicaré nuevas entradas el viernes y el sábado. Saludos.

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2 comentarios en “Relato: El Disparo

  1. Cristal Mary Romero Ramírez enero 7, 2016 — 5:30 pm

    Simplemente wow. Soy más o menos nueva por aquí y es la primera vez que leo un relato en wordpress. ¡Me ha fascinado! Desde ahora tienes una fiel lectora en mí. Saludos.

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