El romanticismo ha muerto

El ser humano, empecinado en avanzar, en mirar hacia el futuro, ha olvidado el pasado. Y esto es bueno y a la vez terriblemente malo. Me explico. Se han conseguido derechos que hace cien años eran simplemente un deseo, un suspiro. Ese pasado no hay que olvidarlo, pero tampoco volver a él. Pero no todo el pasado fue malo. En el siglo XIX nacieron varios poetas de renombre mundial como Walt Whitman, Lorca, Espronceda o Bécquer. Éste último dijo: «Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía», pues de esto vengo a hablaros, de que se están muriendo los poetas —en el sentido más amplio de la palabra— a manos de los científicos —nuevamente en el sentido más amplio de la palabra—. Y es que en la actualidad siempre nos parecen mejor cuatro que dos.

Tampoco es que quiera ser alarmista pero haced la prueba. ¿Cuántas personas conocéis que sean capaces de nombraros a dos famosos poetas vivos? Pocas o puede que ninguna. Aunque sí hay poetas famosos, como Nicanor Parra, el descenso trágico de éstos me hace pensar en un futuro todavía más oscuro y sinsentido donde la novela ligera (véase Cincuentra Sombras de Grey, o Cásate y sé sumisa) son el alimento de la futura generación. Tal vez todo esto se solucionaría haciendo un poco más de autocrítica y tomando conciencia real del problema. Aunque, para mí, la raíz de toda esta debacle es el capitalismo. Me explico. Imaginaros un padre o una madre que llega a casa y no sabe si seguirá trabajando, pues en la empresa se están planteando hacer un ERE y puede que algunos despidos, y para colmo cobra menos y trabaja más horas. Esa persona, con la cabeza aturdida, no tiene ganas, obviamente, de leer El Quijote, o de ver un documental sobre la recolección y posterior tratado del arroz en un pequeño poblado japonés. Y de igual manera no le apetecerá, o no tendrá la cabeza para ello, escuchar los problemas que ha tenido hoy su hijo o hija en el colegio. Lo que le apetecerá es comer mientras ve algún programa basura o lee una novela mala escrita en una semana. Aclaro que no estoy en contra del arte, digamos, de fácil consumo, pues no siempre tenemos que estar aprendiendo a rimar o a saber distinguir los matices de un cuadro; pero incluso a ese arte de fácil consumo ha sido manipulado. Pondré un ejemplo cinéfilo. Buen cine ligero es «El día de la marmota (1993); malos ejemplos de cine ligero son: Torrente (todas), Cincuenta Sombras de Grey (2015), The Bling Ring (2013)

Me gustaría ver qué ocurre, pero me postulo en contra del movimiento cultural actual, o al menos de gran parte de él. Pero al menos, como consuelo, siempre quedará la frase de Bécquer:

Bécquer frase.jpg

 

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