Relato experimental II: La Noche y el Mechero

Hace unas semanas inauguré una nueva sección en la que escribiría un relato sin ideas preconcebidas, simplemente me sentaría a escribir para tirar de lo que sea que tengo por talento y hacer un relato más o menos coherente. Pues bien, hoy quiero volver a intentarlo. Tras el salto, comienza el relato. Espero que lo disfrutéis y, si os gusta, me dejéis en comentarios de qué creéis que trata el relato.

La Noche y el Mechero

El río, pese a lo caudaloso del mismo, era extrañamente silencioso,  como un siseo sordo. Más allá del río había una roca en lo alto del despeñadero, y desde ésta pudo divisar a una hiena; o eso creía, pues sólo alcanzó a verle los ojos verdes en medio de la negruzca noche. Todo lo demás quedaba difuso y, pese a que él tenía mucha imaginación, pronto todo se volvía evanescente. «Pronto amanecerá, pronto amanecerá», se repetía a sí mismo mientras buscaba a tientas unas ramas para hacer una hoguera. Era incapaz de recordar cómo había llegado hasta allí, tan sólo recordaba haber comenzado a caminar un día desde su casa hasta llegar a aquel río de altos despeñaderos desérticos. Echó mano al bolsillo derecho y encontró un objeto metálico y un mechero. Recordó que no tenía mucha gasolina, así que lo encendió durante unos segundos para situarse mejor. Observó a la hiena, la cual no le quitaba los ojos de encima; reparó en unos pocos arbustos secos y, con un miedo creciente, acercó el mechero al arbusto. «Por fin», dijo al ver cómo ardía el pequeño arbusto, «ahora me acostaré y mañana, con el sol, podré orientarme mejor». El crepitar de las ramas del arbusto le propició un sueño rápido; incluso fue capaz de olvidarse de la hiena que lo observaba.

Al despertarse se percató de que todavía era de noche, aunque él sentía haber descansado lo suficiente como para que ya fuesen las diez de la mañana. Tenía la boca seca y fuerzas escasas, así que decidió quedarse sobre el suelo un rato más. Se quedó dormido prontamente, lo cual era extraño, pues desde los diecisiete años había padecido insomnio ligero. Cuando se despertó nuevamente, sintió como si hubiese dormido una siesta de unos cuarenta y cinco minutos, y el sol todavía no se atrevía a hacer acto de presencia. Se levantó enfadado y echó a caminar igualmente. «Ya saldrá el puto sol cuando quiera», vociferó mientras seguía caminando con paso ligero. La hiena le seguía con la mirada y, para cuando él se alejó lo suficiente, la hiena comenzó a seguirle desde lo alto de los acantilados que parecían dar contorno a aquel río silencioso. Continuó caminando hasta que notó el agua bajo sus pies, entonces se detuvo y pensó durante un instante para luego «inventar» camino por el medio del agua, con tan mala suerte que metió el pie en un agujero y su tobillo se rompió. Gritó de dolor y el eco resultante fue más potente de lo que pudo imaginarse. «¿¡Pero dónde cojones estoy!?», gritó de desesperación tras seguir sin observar el sol en el horizonte, «ni tan siquiera hay luna o putas estrellas, joder». Valiéndose sólo de su pierna izquierda, continuó caminando hasta apoyarse contra una pared rocosa. Pulsó el accionador del mechero y se llevó la llama hacia el tobillo y el aspecto no era nada agradable: estaba más hinchado de lo que creía y sangraba. «Tal vez la sangre sea del roce con la piedra», intentó consolarse. Se rompió una manga de la camisa para limpiarse la herida y, al verse el brazo desnudo, dio un respingo. «Este sitio me ha deshidratado hasta hacerme parecer un puto esqueleto. Tengo que seguir caminando», se dijo mientras intentaba ponerse en pie. Cada vez sentía la boca más pastosa y un extraño nerviosismo se apoderaba de él. Suspiró y observó al cielo, completamente negro, y cuando bajó la vista nuevamente, se percató de que la hiena todavía le seguía. «¡Qué carajo quieres!», le gritó. Continuó caminando pero, a los pocos metros, se sintió tan cansando que tuvo que tumbarse en el suelo. El pie le dolía menos porque otro dolor había de apoderarse de él: los recuerdos evanescentes. Trató de recordar a un amigo o familiar, pero no pudo. Intentó esforzarse, pero tenía la mente tan nublada, que era incapaz. Suplicó que la hiena lo devorase. «Devórame de una puta vez, hija de puta, porque creo que ya estoy muerto», gritó mientras, tumbado boca abajo, se acercó el mechero a la cara y pulsó el accionador. Su mente se evadió al obsesionarse con aquella llama, que lenta e inexorablemente, se consumía hasta que, finalmente, se apagó por completo.

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Y hasta aquí el relato. Me encantaría que comentaseis dando vuestro parecer sobre de qué trata realmente el relato. Espero vuestros comentarios. Un saludo y feliz día.

 

 

 

2 comentarios en “Relato experimental II: La Noche y el Mechero

  1. Si necesitas fotografias para tus entradas no dudes en escribirme al correo que aparece en mi blog en la parte “SOBRE MI”. Estaré encantada de colaborar contigo.

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    1. Muchas gracias, lo tendré en cuenta.

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