Relato: Los Ojos de Tim

Empezamos la semana con un nuevo relato, Los Ojos de Tim. Esta historia narra la vida de un chico de diez años que pierde la vista tras un accidente y cómo lo afronta él.

LOS OJOS DE TIM

Pocos seres humanos son capaces de ver y sentir la belleza que nos muestra la vida. Afortunados esos pocos elegidos, pues yo tan sólo puedo sentirla. Me llamo Tim, y ésta es la historia de cómo perdí mi vista.

 

SALTO AL VACÍO

Cuando tenía diez años fui con el colegio de excursión a la playa. En el autobús éramos treinta alumnos y dos profesoras, Alexa y Colette. Eran las mejoras maestras que he tenido nunca; siempre muy atentas y cariñosas, aunque, como buen niño, por aquel entonces pensaba todo lo contrario, pues creía que representaban a la justicia que me obligaba a asistir a la escuela.

Recuerdo que aquel día íbamos por la costa y las profesoras estaban de pie dando la letra para que cantásemos todos cuando, de repente, el autobús comenzó a ir cada vez más deprisa. El conductor se había quedado dormido y para cuando las profesoras se percataron ya era demasiado tarde. En un abrir y cerrar de ojos estábamos saltando al vacío. Sentí una sensación de angustia, como cuando estamos soñando que nos caemos por un precipicio y parece que cada vez el suelo queda más y más lejos y no paramos de descender. Experimenté esa sensación de vacío. Lo que dicen de que ves tu vida pasar en este tipo de situaciones no es cierto, lo único que ves son los ojos de la muerte.

El autobús se precipitó al mar y yo perdí el conocimiento al golpearme la cabeza contra el asiento ¿Cómo fui rescatado de aquello? Todavía no sé como sobreviví, pero mientras el autobús se hundía en lo más profundo del mar una fuerza me sacó hacia la superficie. Estuve casi dos años en coma. Durante ese periodo me tuvieron que operar seis veces, y una de ellas salió mal y perdí la vista y parte de la capacidad auditiva del oído izquierdo. Los médicos dijeron que nunca más podría ver y que. posiblemente. acabaría por quedarme sin audición en mi oído izquierdo. Cuando salí del coma mi madre me dijo lo que le habían dicho los médicos, pero siempre me dio un halo de esperanza y siempre me decía: «Hijo, si quieres volver a ver solo tienes que desearlo y volverás a ver.» No creo que estuviese muy convencida, pero ¿qué iba a hacer?, no podía dejar que me desanimase, tan sólo tenía doce años; muy joven para asimilar lo que me había ocurrido. Un mes después de haber salido del coma, cuando por fin recupere la voz, le pregunté a mi madre si alguien se había salvado del accidente, su rostro se entristeció tanto que le costó articular palabra. «Sólo Alexa», dijo después de un buen rato. En lo único que pensaba era en por qué yo sí me había salvado y no nadie de mis amigos. ¿Por qué me había tocado a mí vivir esta penitencia?

 

REGRESO A MI HOGAR

Nos mudamos a la alejada y solitaria casa de la playa; el sonido del mar me reconfortaba más que atormentarme. Recuerdo que teníamos un enorme aliso napolitano en el jardín de la entrada y que la casa era preciosa en verano; también recuerdo que teníamos, justo debajo del árbol, una mesa de piedra donde jugaba al «adivina quién» con mi hermana, Lillie; nos podíamos pasar horas jugando a eso. Cuando regresé a casa no pude ver nada de eso, pero seguí sintiendo esa angustiosa e interminable sensación de vacío; deseaba con todas mis fuerzas volver a ver ese enorme aliso napolitano, pero no podía. Tras más de dos años en un hospital necesitaba tener una sensación familiar. Por suerte para mí, la sensación de estar sentado bajo el árbol jugando con mi hermana seguía prácticamente intacta. Pero sentía —pues a partir de ahora todo eran sentimientos— cómo la oscuridad se iba apoderando de mi, dejándome ciego, sin alma. Yo tan sólo anhelaba estar metido en cama, sin salir de ahí, con la esperanza de que mi cuerpo empezase a empeorar y acabase con mi triste existencia. Con doce años… Ahora me percato de lo que sufrió mi madre al verme así ¿Cómo puedes comprender que tu hijo de doce años no quiera jugar ni saber de nada? ¿Y cómo mi hermana de once años podía entender que yo no quisiese jugar con ella? Supongo que tan sólo pensaba en mí y no me daba cuenta de lo que sufrían ellos por verme así. Supongo que os preguntareis si mi padre vivía con nosotros, y la verdad es que sí vivía con nosotros. Ethan —así se llamaba— tenía treinta y dos años y murió el mismo día que yo tuve el accidente ¿Cómo murió? Él conducía el autobús que se estrelló en el mar.

 

CAMPO DE SUEÑOS

Todos tenemos un sitio en el que soñamos estar, un lugar donde todos los ruidos desaparecen y en el que sólo se aprecia el susurro de una brisa delicada. Ese lugar era para mí un campo de lavanda. Me encanta el color tan vivo que tiene la flor de lavanda. Antes del accidente leí en una revista de jardinería de mi madre que los campos más hermosos de lavanda están al sur de Francia, y desde ese momento quise ir a uno de ellos. A los veinte años perdí toda la capacidad auditiva en mi oído izquierdo; al final los médicos tenían razón. Mi hermana pequeña se fue nada más cumplir los diecisiete; tenía novia y se iba a casar —sí, lo sé, aquí el que no corre, vuelva—. Así que después de eso tan sólo quedamos mi madre y yo a vivir en la casa de la playa. Creo que mi madre se afanaba más que yo en que recuperase la vista. Yo ya me había acostumbrado a aquello, aunque, obviamente, no es fácil vivir sin la vista, pero qué iba a hacer ¿suicidarme? No, aquello no serviría de nada, tan sólo traería más pesar a mi madre y suicidándome no volvería a ver. Así que cuando cumplí los veintiuno decidí salir de mi hogar por primera vez desde el accidente. Sabía que no podía seguir escondiéndome del mundo, si el destino me quiso dejar ciego y medio sordo, yo lucharía todavía con más fuerza para que el mundo supiese quien soy. Era la hora de comenzar a construir mis sueños.

 

BIENVENUE À LA VIE

El 21 de julio, en mi veinticuatro cumpleaños, llamé a mi hermana por la noche para decirle que no aguantaba más y que fuese preparando las maletas que nos íbamos a visitar los campos de lavanda de Francia; no rechistó —supongo que sería porque quería cuidarme—. Poco después cogimos el primer vuelo hacia el sur de Francia. Fuimos con la mujer de mi hermana, Charlotte. A ella la conocía poco, pero mi hermana no hacía más que hablar bien de ella, así que no dudaba que fuese una buena chica. Al llegar, nada más dejar las maletas en el hotel, cogimos un taxi y fuimos directos al campo de lavanda. Cuando habíamos llegado al campo nos encontramos con Danièle, la encargada de aquel lugar. Mi hermana le contó toda mi historia, y lo primero que hizo Danièle fue cogerme de la mano y llevarme al campo de lavanda para que, ya que no podía verlas, que las pudiese oler y sentir. Cuando sentí las primeras lavandas, Danièle me susurró al oído con su dulce acento francés: «La felicidad compensa con altura lo que escatima en longitud.»

Llevaba horas entre las lavandas y sentía que dentro de mí volvían a brotar los colores vivos; llegué a sentir que de verdad podía ver el campo, el cielo, los pájaros… A mi lado estaba sentada Danièle, que en ningún momento me quiso dejar solo. Creo que fue ese día que pasé con ella el que me devolvió a la vida. Al terminar el día yo no paraba de pensar en que había cumplido mi sueño y que, por alguna razón, sentía que ese sitio debía ser mi hogar, por eso esa misma noche hablé con mi hermana y Charlotte. Les dije que me quería quedar, que sentía que aquel era mi sitio y que Danièle era la persona con la que debía pasar el resto de mis días. No rechistaron y supieron comprenderme. A la mañana siguiente fuimos de nuevo al campo, y yo me quedé hablando con Danièle frente a un árbol —más tarde supe que era un roble—. Le pregunté si ella quería ser mis ojos… Bueno, no hace falta que os diga si aceptó o no, pues yo tan sólo soy la voz que narra la historia, pero las palabras pertenecen a Danièle.

Mi hermana y Charlotte regresaron al cabo de una semana a los Estados Unidos y yo me quedé aquí, con Danièle, en una pequeña casa al lado del «campo de sueños».

 

YEUX

«Ojos», eso significa yeux en francés, y eso significa para mí Danièle. Ella es mis ojos y mi luz. Ella siempre estuvo a mi lado, sonriendo —pues sí puedo verla sonreír—; personas así quedan pocas. Llevo ya diez años viviendo en Francia con Danièle y no hay nada que eche de menos, ya que mi hermana, Charlotte y mi madre siguen visitándome cada poco tiempo. Pese a las barreras puedo decir con orgullo que he cumplido mi sueño. Y, la verdad, no sé cómo será verá la vida ahí fuera, pero yo prefiero verla a través de mis ojos.

«Yo era simplemente ciego, surgiendo y escondiéndome, tú me regalaste la vista, de esa manera se dejan huellas.»

—Joseph Brodsky—

cc-by-nc-nd

2 comentarios en “Relato: Los Ojos de Tim

  1. Muy bueno. Enhorabuena por lo que haces.

    Le gusta a 1 persona

Comenta a los lectores tus impresiones acerca de esto

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close