Relato 1.59 a.m.

Esta semana vamos a dejar de lado los artículos y reflexiones varias para pasar a un relato cómico sobre dos hombres a los que le encargan eliminar a Blasius, un psicópata de metro noventa de altura.

1.59 a.m.

—¿Cómo se llamaba la puñetera canción? —Noak chasquea los dedos—. Joder, la tengo en la punta de la lengua.

—La busco. —Marcus sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta y buscó en internet—. Work, de Rihanna.

—¡Ésa! Pues ya que estás busca la letra. Es para partirse de lo mala que es.

—Pues suena en todas partes.

—La sociedad actual oye mierda a todas horas. Nos hemos vuelto inmunes. Escucha la letra atentamente.

Marcus se enciende un cigarrillo y pega el teléfono al oído.

—Joder, parece que Rihanna tenga un problema al cantar. Uno grave.

—Oh, Marcus, tú siempre tan fino. Di lo que piensas de verdad, nada de mariconadas. Parece que tiene una polla en la boca.

—Bah, qué coño. Tienes razón, que se jodan. Nosotros tenemos que mancharnos las manos por cuatro coronas de mierda mientras Rihanna canta a desgana y se forra. Voy a apagar esta mierda antes que me dé una otitis. Y enciende la puta calefacción.

—Este coche no tiene calefacción. Y no te vengas tan arriba, chaval. Tienes mucho camino por recorrer.

—Un coche sin calefacción, ¿en serio? Vaya mierda de coche.

—Es robado, imbécil. Si quieres robo un Maserati para meter un fiambre en el maletero. No te jode. Qué desperdicio.

—Está bien, pero sigue haciendo frío.

—Dios, eres como una otitis para mis cojones.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé. Supongo que si los cojones escuchasen, tú serías una otitis aguda en los míos.

—¿Qué?

—Es igual.

Un perro solitario pasea por la acera y mea cada rueda de cada coche que ve.

—Putos perros —Noak parece dispuesto a salir del coche para darle un susto al perro.

—Relájate. Si nos ven, puede que los espantes. ¿Ahora quién parece el novato?

—Imagínate lo tocapelotas que puedes llegar a ser que conviertes a un veterano de cuarenta y cinco años en un novato con los nervios a flor de piel.

—Pues tal vez tenga futuro como policía.

—A la bofia ni la nombres, gilipollas. Eso es de primero de criminal.

Marcus se recuesta en el asiento y tuerce la cabeza hacia su izquierda, hacia el garaje de Blasius, un tartamudo de metro noventa y modales psicóticos.

—Dicen que el tío está zumbado —asegura Marcus, señalando con su mentón el garaje sombrío y, aparentemente, sin vida.

—Con un par de balazos se le quita la locura a cualquiera. Mira a Gorin: dos balazos en el pecho y se volvió la persona más pacifista del mundo.

—Mato a su hermano a cabezazos…

—Bueno, joder, después de eso se calmó, ¿cierto?

—Sí, cierto. Eh, mira, parece que sale alguien.

Un hombre de barriga prominente ataviado con un mono de trabajo entreabre la reja del garaje y se cuela por debajo. Una luz amarilla y tenue le da al hombre un aspecto siniestro.Se enciende un cigarrillo y se frota las manos para calentárselas. Una nube de humo sale de su boca y se estrella bajo la carretera de la autopista que pasa justo por encima del garaje. 

—¿Es él? —pregunta Marcus, echando mano de la manilla de la puerta.

—Tranquilo, coño. Cuando te encarguen un trabajo tan específico, no puedes ir a lo loco. Ese hombre no debe medir más de un metro setenta. Blasius mide uno noventa y está en forma.

—¿Qué harán ahí dentro?

—Me imagino que platos bonitos para el julbord… ¡Pero qué coño van a hacer en un garaje a las dos de la mañana!

—No lo sé, por eso lo pregunto, Gran Sabio Noak. Dime, qué hacen, oh Gran Sabio.

—Pues cosas que mejor no sepas.

—Está bien, no lo sabes. No pasa nada. Entramos y nos cargamos al tío.

—Cállate y espera, joder. Te juro que cuando vuelva le diré a Gorin que no quiero volver a currar contigo.

El hombre barrigón regresa adentro repitiendo el mismo sistema, sube minimamente la reja y pasa por debajo.

—No van a salir —asegura Marcus.

—No, claro, van a dormir todos juntitos en un garaje.

—A lo mejor se han vuelto locos de tanto escuchar a Rihanna, ¿no?

Noak saca su revólver y observa las balas que hay en el tambor.

—Tengo cuatro balas. Te juro que como no te calles una acabará en tu puto pecho.

—Hablando de pecho… ¿Has visto el vídeo de la canción? Se le ve el pecho.

—Dios… Creo que también me cargaré a Gorin por encasquetarme a semejante inútil. ¡Estáte atento, coño!

—Vale, ya me callo. Son los nervios, ya sabes.

Noak se recuesta en el asiento y cierra los ojos.

—¿Ahora vas a dormir o qué?

—Dios, ¿sabes qué? Sí, voy a dormir. A tomar por culo. Tú montarás guardia. Ése será tu test. Si ves algo, despiértame. —Noak regula el asiento para ponerlo en horizontal y luego, ya tumbado, murmura—: Puto niñato de mierda.

—¿Qué has dicho?

—Que más te vale que vigiles bien.

Dos minutos después, el interior del vehículo se llena de unos suaves ronquidos, como de gato. Marcus se acomoda en el asiento y resopla. «Vaya puta mierda de primera misión», dice en voz baja mientras abre la guantera para ver qué hay. Vacía. Tamborilea los dedos contra la ventanilla, contra su muslo, contra la manilla de la puerta. Y así transcurre media hora, en la cual el sueño va derrotando los pocos soldados que quedan en pie. «Y el puto garaje sigue cerrado. Daré una pequeña cabezada para estar alerta para la ‘’juerga’’ que vendrá.»

Tres golpecitos en el cristal despiertan a Noak, quien siente la boca pastosa y seca. Instintivamente abre la ventanilla usando la manivela.

—Papeles y documentación, por favor —dice el hombre, de pie, junto a la ventanilla.

Marcus se despereza en el asiento del copiloto mientras un niño que camina de la mano de su madre le saluda con la mano; él le devuelve el gesto.

—Marcus, yo te mato —dice Noak.

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