Relato: ¿A qué te dedicas?

Y antes de que se acabe esta semana y empiece la que viene con un artículo, quiero dejaros otro relato. Esta vez la historia se traslada a una cafetería donde dos personas se conocen y surge… ¿el amor?

¿Y a qué te dedicas?

 

—¿Y a qué te dedicas? —preguntó ella, agitando el bolígrafo Bic cristal.

No, no seguiré la broma del bolígrafo, pero escribe normal… Lo cierto es que no me puedo resistir a ser sarcástico e irónico de vez en cuando. Sobre todo cuando ves la sociedad como la mierda que es. Uno convierte la ironía y el sarcasmo en su dosis diaria de humor.

—Me dedico a vivir —digo yo, deslizando mi copa por la barra hasta donde está sentada ella y sus enormes te… senos—. Un trabajo arduo, sin duda.

Ella se queda viéndome con cara de «puto graciosillo». Observo su pelo platino; contrasta con el oscuro y lluvioso día que se vislumbra a su espalda, tras el ventanal con letras pegadas.

—Un trabajo arduo —repetí como para mí mismo—, ya lo creo que sí. Si algún día me sobra el tiempo, añadiré nuevas aficiones.

—Como cuales —observé en su rostro que yo estaba perdiendo aquel tira y afloja.

—Como buscar un trabajo en el que tenga que madrugar, desayunar corriendo, trabajar doce horas al día con una sonrisa mientras me dan con una fusta para ganar, afortunado yo, mil euros mensuales.

—¿Y cómo crees que nos ganamos la vida la mayoría? ¿Dices que nosotros no vivimos?

—No, no vivís. Sólo ponéis la otra mejilla.

—Qué te den.

Hace ademán de irse pero rectifica y se vuelve a sentar, aunque ahora ni me dirige la mirada; ni tan siquiera me ve por el rabillo del ojo. Observo su espalda: lleva un vestido liso de color rojo; la cremallera le llega hasta el culo y no puedo evitar imaginarme cómo será su espalda desnuda.

—Todos los ricachones dan asco —murmura con la intención de que la escuche.

—En eso tienes razón.

—¿Te das asco a ti mismo? —se vuelve hacia mí—. No me extraña.

—No soy rico —miento—. Vivo en casa de mis padres, junto a sus ocho gatos desnutridos.

—Oh, lo siento. ¿Entonces…?

Mi mentira hace aguas por todas partes, pero qué importa. Mis padres murieron hace años y me dejaron un buen colchón de dinero en el que poder llorar sus pérdidas. Nueve millones de euros, dos fincas de una hectárea cada una, tres casas y cinco bloques de edificios. ¿Soy feliz? No, si lo fuese no necesitaría mi puta dosis de triste sarcasmo para hacer ver que todo me resbala.

—Te he mentido —le digo—. Vivo con mi madre; mi padre murió hace unos años.

Hace un par de años me hubiese partido el corazón ver la mueca de consternación que puso cuando le dije lo de mi padre, pero ahora me resbala todo… ¿Un niño aparece muerto en el barrio? Mueren miles y miles al día en todo el mundo. ¿El cambio climático? Todo el mundo ha adquirido la increíble habilidad de ignorar verdades incómodas, y yo no seré menos.

—¿Sabes? —me encanta su fino y dulce hilo de voz; te envuelve en él y no te suelta—, mi madre dice que al menos una vez al día debemos hacer algo que nos haga felices, aunque sólo sea durante cinco minutos.

—Mujer sabia —le digo, y me extraño al escucharme decir una verdad.

—Lo es —se mece el pelo y sonríe mientras sus ojos rememoran momentos con su madre. Levanta la vista y me observa fijamente—. ¿Qué es lo que te hace feliz?

—Es una pregunta difícil de contestar en el momento.

—Tienes —se mira el reloj; un Yves Saint Laurent de oro— quince minutos antes de que vuelva al trabajo.

Me paro a pensar, seriamente, qué es lo que me hace feliz. En pocos segundos mi cabeza me da tantas respuestas que no alcanzo a comprender ninguna. Sin embargo, sí sé que con el paso de los años me han ido gustando menos cosas. Cuando era pequeño todo me fascinaba, absolutamente todo. Un día, cuando yo tenía cuatro años, mi tía regresó con una bolsa negra tras pasear al perro; yo le pregunté qué había en ella y me dijo que «mierda de perro». Me quedé impresionado al ver que alguien se hiciese cargo de recoger mierda de su perro así porque sí. Pero ahora mismo… Ahora mismo me fascina ver que el mundo todavía no ha colapsado cada vez que me levanto a las tres de la tarde.

—¿Te soy sincero?

—Sí, siempre hay que serlo.

Me muestro serio, pero por dentro me ha hecho gracia esa frase. Siempre hay que ser sincero… Si le digo que tiene unas tetas impresionantes envueltas en un cuerpo de infarto el café hirviendo que se está bebiendo se lo tomaría mi piel.

—Me hace feliz verte.

Por su rostro está claro que no me cree, y no me extraña, porque yo tampoco sé bien lo que he dicho, pero lo he dicho en voz alta y parecía haber salido de una parte necrótica de mi interior agujereado.

—Oh, claro que sí.

—No, lo digo en serio —¿pero qué coño digo?—. Esto me hace feliz.

—Ah, vale, ya te entiendo. Te gusta hablar con chicas para ver si te las puedes ligar.

Sí, básicamente es eso.

—Has dicho que siempre sea sincero, así que lo seré. Sí, es cierto. Pero contigo es diferente.

Me imagino cómo estaría desnuda en los baños de este bar de clase media.

—Dios, tienes esa mirada —dice ella, agitando la cabeza—. Ve a tu casa, esa con los gatos, y hazte una paja, imbécil.

Se levanta y hace ademán de tirarme el café, pero reflexiona y dice:

—Ya bastante jodidos estamos como para tirar comida.

Ahora sí se levanta de la silla, posa la asa de su bolso en el antebrazo derecho y saca la cartera.

—Invito yo —le digo—, como disculpa.

—No será necesario. Soy mileurista, sí, pero tengo para pagarme un café.

Esto ya no lo levanto ni de coña, así que mi cabeza se pone a imaginar cosas. El reloj.

—¿Cómo es posible que una mileurista se gaste dinero en un reloj de marca?

—¿No podemos tener caprichos?

—Tienes poca pinta de ser caprichosa. Pareces bastante cuerda.

Me ve con odio y a la vez con aprobación.

—Era de mi madre. ¿Contento? —guarda la cartera en el bolso y me dice, sin verme a los ojos—: Tú invitas.

Le doy al camarero un billete de diez euros, como si sirviese de algo darle propina al camarero para disculparme con ella.

—Adiós, «Falso Mileurista» —me dice.

En la única cosa que pienso al oír «Falso Mileurista» es en que me suena a un nombre exótico, como suizo o… ah, coño, claro. Rebusca en el bolso algo.

—Ah, toma, puede que te haga falta.

Me da una tarjeta negra con letras blancas. MARÍA ARCAYA. PSICÓLOGA.

Cuando alzo la vista ya está cruzando la puerta de cristal y caminando por la acera, destacándose por entre los demás con su pelo platino y su vestido rojo. Se detiene en el ventanal, pero sólo alcanzo a verle sus muslos porque las letras pegadas al cristal me impiden verla. ¿Se habrá parado para verme? Prosigue su camino y le pierdo la pista. Me pongo a recordar cada palmo de su cuerpo mientras le doy vueltas a la taza de café. ¿Pero qué me ocurre? En otro tiempo hubiese sonreído de verdad al verla, hubiese tenido intención de cogerla de la mano todo el tiempo, besarla… todas esas cosas que ahora me parecen fútiles. Y quiero pegarme por haberme gustado todo eso y porque ahora ya no me gusta. Ahora sólo veo coños y tetas —a veces sólo coños; a veces sólo tetas—. Estoy cansado de esto y a la vez lo necesito. Aparto la vista de la taza de café y observo a la gente del local. A la mayoría se les ve cómodos, y me hace preguntarme cómo es posible. Aquí, en mi puta cabeza…

—¿Está bien?

—¿Qué? —digo, viendo al camarero.

—Estabas murmurando y dándote golpecitos en la cabeza.

Joder, estoy peor de lo que pensaba.

—Ah, nada, un día duro.

—No se venga abajo, señor —¿Señor? Tengo treinta y tantos, pero de señor tengo poco—. Todos tenemos días así y seguimos adelante con una sonrisa.

El camarero me muestra su mejor sonrisa y me dan ganas de estamparlo contra el cristal que hay detrás de él; aunque lo hace con cariño.

—Sí, tienes razón.

Le muestro una sonrisa falsa y el camarero vuelve a sus quehaceres. ¿Por dónde iba? Ah, sí, mi puta cabeza. Pues en mi cabeza se libra una guerra y el resto del mundo está en paz. Y la tregua —con visos de paz definitiva—, de tono platino, se ha ido en medio del asqueroso día lluvioso de los cojones. A la mierda. Marco el número de la tarjeta y da tono.

—¿Sí? —digo estúpidamente.

—Ha llamado usted. Dígame.

Sonrío, sonrío de verdad y el camarero me ve con autosuficiencia, como diciendo «Ya lo sabía yo que lo malo no dura para siempre».

—Nos conocimos hace un rato en la cafetería.

—No me jo… Sí que has tardado en llamar.

—Con que mileurista, ¿eh? —por algún motivo me alegra que ella me haya mentido; supongo que me hace sentir en paz.

—Me gusta mentir cuando sé que me mienten.

—Necesito una cita —le digo, con el corazón tartamudeándome; si eso fuese posible, claro.

—Deja que revise la agenda —un silencio—. ¿El jueves a las cinco?

—Perfecto. Te iré a recoger.

—¿Qué?

—Es que me agobian los espacios cerrados.

—Claro que sí. ¿Y dónde quieres quedar?

—Podemos atrasar la cita y dejarla para el miércoles a las nueve. Hay un restaurante italiano en el que me siento muy cómodo.

Y tan cómodo que me siento, soy el copropietario. 

—Antes pásate por la consulta a que te vea una especialista.

—¿A las ocho el miércoles?

—Está bien.

—Oye… Yo… Lo siento.

Me vuelvo a sorprender tras escuchar lo sincero que ha sido eso. Resulta esclarecedor saber que mi problema es, ni más ni menos, que me he vuelto gilipollas.

—Es un buen comienzo, don…

—Ni don ni hostias, llámame «El Chico Que Te Hará Feliz Por El Resto De Tu Vida».

Mierda, ha vuelto, he vuelto

img_0199

Categorías Literatura, Relatos y poemasEtiquetas , , , , , , ,

Comenta a los lectores tus impresiones acerca de esto

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close