Relato: Un puro

Esta semana, tras mi artículo sobre el vegetarianismo, veganismo y el cambio climático —si no lo habéis leído, os recomiendo que lo hagáis—, os traigo un nuevo relato. Esta historia narra la desventura amorosa de Gabriel, un joven solitario y amargado.

Un puro

 

—¡Venga, vente!

Tamborileo los dedos contra el marco de mi puerta mientras pienso alguna excusa racional y completamente lógica para no asistir.

—No, lo siento —digo.

Parezco un genio…

—Irá Adela —asegura Nico.

—Y por consiguiente…

—No vienes —completa él mientras deja caer los hombros casi a la altura del suelo—, cierto. Algún día nos contarás cómo pasaste de querer acostarte con ella a no poder ni verla.

Algún día yo también lo tendré claro.

—Sí, puede. Gracias por molestarte en venir hasta aquí para invitarme, pero mi respuesta sigue siendo no. Lo siento.

—Perderás a todos tus amigos, Gabriel.

Dice algo más pero ya está en el descansillo de las escaleras y no alcanzo a escucharle. Cierro la puerta y de algún modo espero que vuelva para decirme que todo irá bien, que no me preocupe por no saber qué me pasó con Adela, que es normal sentirse confundido en ocasiones… pero escucho cómo se cierra la puerta del edificio. Me siento en el sofá —más bien me dejo caer— y enciendo la tele mientras con la otra mano retiro un cigarrillo de una cajetilla de tabaco medio vacía —maldita gracia el día que mi padre me dio a escondidas un cigarrillo para «hacernos los machotes»—. Cambio de un canal a otro y sólo veo programas estadounidenses doblados a desgana y reposiciones de una serie sobre gente que se pasa la vida discutiendo; al menos la gente de este edificio está más cuerda, creo. En un año sólo he conocido a la señora López, y porque me da lástima que tenga que acarrear ella, a sus… ¿ochenta y algo?, la compra. Y apenas intercambiamos un par de palabras. Tal vez usar el término «conocer» sea aventurado. Apago la televisión y me dejo absorber todavía más por el sofá.

¿En qué estará pensando Adela ahora? ¿Se sentirá desconcertada como yo? Ojalá si lo esté, pues en ese caso no me sentiría tan solo. ¿Pero qué pasó exactamente hace dos meses? Nos íbamos a besar y de pronto los dos nos alejamos y nos volvimos a fundir con la fiesta, cada uno por su lado, como polos que se repelen. ¿Miedo? ¿Miedo a qué? ¡Bah!, tal vez haya cosas que no tienen explicación y punto. Me enciendo el cigarrillo y dejo que su cálido y tóxico humo llene mis pulmones; tal vez el humo logre matar esta incertidumbre que me corroe los huesos —un día iré al baño y orinaré sólo calcio y fosfato—. Observo a través del ventanal que tengo frente a mí y veo ocultarse el sol tras los tejados de hormigón. No se ve ni un sólo tejado con paneles solares. ¡Gracias, Gobierno! Doy una gran calada esperando que el humo me intoxique lo suficiente como para dejarme tieso… pero no lo hace y repito una y otra vez el proceso sin éxito alguno. Me levanto del sofá y dejo que el balcón, por llamarlo de alguna forma, pues no tiene más que una baldosa de ancho y cinco de largo, me ofrezca aire puro. Un niño le da patadas a un balón contra la reja de un taller y el ruido me pone de los nervios. La madre, supongo, cargada de bolsas corre calle abajo mientras le vocifera a su vástago que deje la «puta pelotita». Estoy por gritarle yo también al chico, pero prefiero centrarme en las vistas: el sol todavía se deja ver como un cálido y agradable recuerdo. Un par de edificios más allá vislumbro la silueta de un hombre entrado en años y en carnes que se fuma un puro; apostaría a que su mujer no le deja hacerlo y tiene que subir al tejado para cubrir sus vicios. El hombre tira el puro a la calle y observa su trayectoria. Será cabrón. Bajo la vista un segundo para sacar mi cajetilla del bolsillo de la camisa y cuando vuelvo la vista la silueta ha desaparecido. Un segundo después se escucha un grito desgarrador seguido de un silencio sepulcral. ¿Se habrá tirado? No poder fumar un puro no significa que la vida sea tan bella como el excremento de una rata. Tal vez me debería tirar yo también; el niño tendrá un trauma de por vida, pero al menos dejará la pelotita en paz… Dios, qué sarcástico me he vuelto. Mejor regreso dentro; está claro que el aire puro no es lo mío.

Enciendo nuevamente la televisión como si fuese un tic que ya está en nuestros genes. Lo mismo de siempre. Vuelvo a apagarla. Voy a la habitación y quito el móvil del cargador. Al hacerlo se ilumina la pantalla y veo un mensaje nuevo. Desconozco el número, pero lo abro igualmente.

Puedes venir a la fiesta. No será raro. Te lo prometo.


—Adela.

Me molestaba que siempre escribiese su nombre al final de sus mensajes. Ni que cada frase suya fuese digna de recordar en el libro de las grandes frases de la historia. Adela al lado de Martin Luther King. Esa imagen logra elevar las comisuras de mis labios. Tal vez sea bueno escuchar algo de música y beber un poco. Recuérdalo bien, Gabriel, sólo un poco.

Suena alguna canción de Madison Ward and the Mama Bear; seguro que la lista de reproducción corre a cargo de Nico El Hipster. Aunque debo reconocer que me gusta su piso de estilo bohemia; seguramente en Nueva York todos los artistas tengan un piso así. Dejo mi chaqueta de cuero sintético en el perchero y me dirijo al amplío salón. Ni rastro de Adela. Respiro aliviado. Robo una copa que estaba triste y solitaria y me mezclo entre la multitud.

—Hombre, Gabriel, tú por aquí —Nico me recibe con los brazos abiertos.

—Sí. Siento lo de antes.

—No pasa nada, tío.

Nico me da una palmada en el hombro y choca su copa de champán contra la mía. Le escudriño la bufanda y se da cuenta.

—¿Te gusta mi bufanda?

—No, sí, bueno sólo es que me parece raro que con el calor que hace la lleves puesta.

—Me gusta llevarla. Me da personalidad.

Apruebo falsamente su comentario.

—¿Va a venir? —pregunto.

—De hecho —se da media vuelta y otea a la multitud— ya está aquí.

Me doy media vuelta, temblando por dentro, y la veo. Va del brazo de un chico. Observo a Nico pero él niega con la cabeza y me dice con los labios que «no tenia ni idea». Intercambiamos una mirada fugaz y entonces ella coge la copa del chico que la acompaña y clama un poco de atención. Madison Ward se pone a susurrar y todos le prestan atención a Adela. El chico es más bien feo: tez pálida, rostro pecoso, sonrisa nerviosa y un cuerpo muy delgado.

—Tengo algo importante que anunciar…

—Oh, mierda —me oigo susurrar.

—Este chico tan guapo de aquí —oculista aquí, por favor— y yo nos vamos a casar.

Entre vítores y aplausos, el estruendo que provoca mi corazón roto en mil pedazos pasa desapercibido. Y todavía sigo sin saber por qué lo está. Un puro se estrella contra el suelo y luego…

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