Relato: La Displasia de la Sociedad

Este breve relato trata sobre el amor y las diferencias que pueden surgir a lo largo de una relación. Tras el salto, el relato completo.

La displasia de la sociedad

 

—No, ni de broma voy a comer eso —alzo las manos para reafirmar mi postura de negación.

—¿Por qué no? He pasado una hora cocinándolo. Haz un esfuerzo.

Por Dios, que alguien me mate.

—Que no, que paso —me mantengo en mis trece.

—No podéis estar bien si ni tan siquiera os dais un capricho de vez en cuando.

Me ve, sabe que no le voy a seguir el rollo, y se encoge de hombros mientras posa su mirada en el mar. Está preciosa. A unos pocos pasos de nuestro picnic, un gran acantilado sirve como altavoz del romper de las olas. Adoro a esta mujer en este momento, pero aun así…

—Soy vegano —le repito—, ya lo sabías cuando me conociste el año pasado.

—Lo sé, pero suena tan extremista… ¡Llevamos toda la vida comiendo carne!

Me contengo, pero me dan ganas de decirle que también llevamos toda la vida tratando a las mujeres como objetos. Pero en vez de eso, me callo y observo el mar espumoso, neblinoso. Entorno los ojos y, en la lejanía, me parece ver un barco, puede que un transatlántico, siendo engullido por la neblina que parece haber salido directamente de cuento de Poe.

—¿Por qué te gustan estos días? —me pregunta ella, sacándome de mi ensimismamiento.

—Soy irlandés, así que estos días me recuerdan un poco a mi tierra. Supongo que será eso.

La realidad es que me gustan por la soledad. Nadie vendría un día así de picnic. Y el hecho de que sí quiera estar con ella aquí, en «un día de soledad», es un indicativo de algo importante. Saco las gafas y las limpio contra la camiseta. Ahora la veo nítidamente. Jamás pensé que me pudiese enamorar de una omnívora. Hace años, ni tan siquiera hubiese comido junto a otros omnívoros. ¿Me habré rendido?

—¿Y cómo es… ya sabes? —su pregunta sale acaloradamente de su garganta, como si no pudiese contenerla más tiempo.

—¿Haber nacido mujer?

—Sí —su voz parece un susurro que provoca el enrojecimiento de sus mejillas.

No me molesta que me lo pregunten, aunque ya han pasado unos cuantos años y ya no recuerdo con total nitidez cómo me sentía por aquel entonces. Lo que sí recuerdo son las constantes burlas, insultos e incluso golpes que tuve que soportar por los compañeros de clase, incluso por gente que consideraba amiga. ¿Cómo no me iba a hacer defensora de los animales que estaban, y están, tan oprimidos como yo en aquel entonces? Algunas veces pienso en lo utópico que resultaría una vida llena de igualdad, pero basta un pequeño resquicio de realidad para golpearte tan fuerte como para traerte de nuevo a la pseudorealidad creada por los pseudohumanos. Supongo que la vida avanza más rápida que los humanos, y es que hicieron falta cuatrocientos años para abolir la esclavitud.

—No sé, es raro —le digo—, no te sientes a gusto en tu cuerpo. Yo llegué a sentir como que era una especie de espectro que había invadido un cuerpo ajeno. Sí, supongo que es difícil de comprender —digo para mí mismo.

—Pero no hay excusa para cómo os suelen tratar.

—Hay de todo —le sonrío y me devuelve la sonrisa.

Me encanta la manera en la que su peca, bajo la comisura del labio, se le estira al sonreír. Me rasco el bolsillo de la chaqueta para comprobar, disimuladamente, que todavía sigue ahí. Dos gaviotas se posan en el extremo del mantel que nos sirve de asiento y a la vez de mesa. Están quietas, como esperando que le demos permiso para unirse. Parto dos trozos de pan y le doy uno a cada gaviota, las cuales lo agarran con el pico y se van graznando, felices. Ella me sonríe y mi corazón parece salir de mi cuerpo, graznando. Se acerca un poco a mí y me apoya su mejilla en mi hombro. Los pelos se me erizan como nunca antes. Deslizo mi mano por la chaqueta y retiro la cajita de color azul oscuro. Cuidadosamente se le pongo sobre sus muslos. Siento cómo su cuerpo da un respingo. No le puedo ver el rostro, pero despega su mejilla de mi hombro y se acerca, asombrada, a la cajita.

—¿Quieres…? —Me cuesta decirlo más de lo que creía. Carraspeo para aclararme la voz—. ¿Quieres casarte conmigo?

Me ve a los ojos y una lágrima se desprende de su bello rostro. Nunca unos segundos se extendieron tanto en el tiempo. Pienso en todo lo que me ha llevado hasta aquí. Irme de la casa de mis padres aquella noche, coger el primer barco hasta aquí, una mano que se tiende en el muelle…

—Sí, claro que quiero.

Sus labios, color carmesí, nunca me supieron tan bien.

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