Verano

Cuando somos adolescentes, vemos el verano como un larga época de no hacer nada y, a la vez, de pretender hacerlo todo. Pero, como suele ocurrir, la nada se expande como la arena y el verano se termina.

Pero, las vacaciones se terminan y hoy toca retomar las viejas costumbres: escribir artículos. Debo reconocer que es algo que no sabía que echaba de menos hasta que me he puesto de nuevo a escribir estas líneas. Supongo que es algo anecdótico no saber lo que nos gusta y pasarnos media vida buscándolo. Pero creo que me estoy volviendo demasiado filosófico en este artículo, así que voy a ir directamente al grano.

Mi verano ha sido predominamente «la nada», pero como estamos vivos, siempre existe algo en medio de la nada. Y ese «algo» fue para mí conocer a mi escritor favorito: David Mitchell. El pasado 20 de julio, estaba leyendo algunas cosas en Facebook y me topé con la agradable sorpresa de que un festival literario, Celsius 232, contaría con la presencia de David Mitchell. Dudé en si ir o no, puesto que me quedaba relativamente lejos. Pero, como me suele ocurrir, la idea ya estaba implantada en mi cerebro y para arrancármela habría que tirar con fuerza; con mucha. No tardé ni un minuto en preguntar si la charla era gratuita o de pago. Me aseguraron que todo era gratis —la organización es tremendamente amable—. Así que, la idea ya estaba más que implantada: tenía que ir sí o sí. Una vez en Avilés, lugar donde se celebra cada año el festival, y tras encontrar el auditorio, me puse a hacer fila para entrar a la charla. De repente, vi cómo se abrían las puertas y entraba David Mitchell, pasando a pocos centímetros de mí. Nunca antes había asistido a un festival literario, así que, para mí, era tremendamente extraño que los escritores se mezclasen con los lectores de esa forma. Lo cual me produjo un tremendo orgullo de pertenecer a esta profesión.

Mitchell dio una charla que, en realidad, se convirtió en una lectura de un cuento que narra la vida de un personaje de su novela Relojes de Hueso. Tras la lectura no hubo tiempo para más —por desgracia, pues me hubiese encantado escucharle hablar sobre su forma de escribir—. Corrí disparado a la fila que ya había fuera del auditorio para la firma de libros. Quería que me firmase Relojes de Hueso y mi querida novela El Atlas de las Nubes. Y es que, si soy novelista es, en gran parte, culpa de ésta querida novela de Mitchell. Así pues, llegó mi turno y, debo reconocerlo, me puse un poco nervioso, pero, tras algún traspiés —como hablarle en español cuando sé que es inglés—, conseguí hacerme una foto con él y que me firmase ambos ejemplares. Objetivo cumplido.

 

 

 

Pero más allá de mi aventura por Avilés —y una fugaz visita a Gijón al día siguiente—, mi verano estuvo marcado por el comienzo de una nueva aventura literaria: una nueva novela. Esta nueva novela marca el final de una especie de trilogía simbólica. Una Historia Acerca de las Estrellas —mi próxima novela que, si todo sale bien, saldrá publicada en formato físico a finales de este año— sería la obra que representa el cielo —el paraíso—. Luego habrá otra novela que representa el infierno, y otra, la que estoy escribiendo ahora mismo, que representa la tierra —la realidad, lo cotidiano—. De momento poco puedo contar sobre esta última novela, pues llevo apenas veinticinco mil palabras y no he terminado ni un capítulo de los siete —tal vez ocho— que compondrán la novela. Lo que sí puedo adelantar es que una de las protagonistas, Bessie Baker, es una ex-prostituta que vive en Arizona, en el año 2038 —sí, me gustan los retos y por eso hago una novela de tono realista ambientada en el futuro—. Otro de los protagonistas será Norman Bernstein, un estadounidense que se mudó de pequeño a Irlanda, y allí descubrirá los secretos de su padre. Y, por último, habrá un capítulo en el que nos pondremos de nuevo en la piel de un viejo protagonista de una de mis novelas. Hasta aquí puedo escribir.

Aunque el verano no es tan corto como parece y la vida no sólo está marcada por planificados eventos. A veces, todavía hay hueco para ser sorprendido por gratos reencuentros; en este caso el reencuentro con mis antiguos compañeros y compañeras de colegio.

Y este fue mi verano, donde el descanso, en gran medida, residió en trabajar en una nueva novela. Y, aunque no se lo crean, es un descanso enorme comenzar un proyecto grande como una novela de quinientas —tal vez más— páginas.

¿Cómo ha sido vuestro verano?

 

 

 

 

 

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