Relato: Él y Ella

Hace unos cuantos días presencié una escena tan claramente machista y tan normalizada como muchas otras cosas de esta sociedad «moderna». Y es por esto que me decidí a escribir este relato basándome en la esperpéntica escena. Sin más, os dejo este nuevo relato tras el salto.

 

Él

 

        —Tíos, salgo a fumar.

        Abrió la puerta y dejó a los amigos atrás, los cuales pasaron olímpicamente de él. Nada más pisar la calle observó que, en la entrada de aquel garito de mala muerte, se había formado una pequeña pelea; al parecer uno de los chicos había rozado a la novia de otro. Así que, él se alejó un poco para fumar tranquilo. Se sentó en el bordillo del portal del 4C. Buscó la cajetilla de tabaco en la chaqueta y se dio cuenta de que ya la tenía en la mano. 

        —Soy imbécil, me cago en Dios —dijo en voz baja.

        Se encendió el cigarrillo y comenzó a «pasarle revisión a las tías», como solía decir él. Enmudecido, observó a cada chica que estaba en la entrada de aquel garito. Un minuto después apareció Emmanuel, su amigo.

        —¿Tienes otro para mí? —preguntó Emmanuel.

        Le dio un cigarrillo y le señaló con la cabeza a una chica que estaba con su pareja.

        —Dios, a ésa de las shorts rojos se le ve hasta el coño —aseguró—. Me la follaba fijo.

        —Sí, claro que sí. Si vas allí te mete una hostia el novio que te pone fino.

        —¿Ése mierda?

        —Ese mierda, sí. Tío, no tienes ni media hostia. Reconócelo.

        —¿Ah, sí?

        Él se levantó y le tocó el culo a la chica, la cual le soltó una bofetada y  una patada en la entrepierna. El novio de la chica se reía a carcajadas, al igual que Emmanuel.

        —¡Te pegó una chica! —observó Emmanuel, señalándolo entre carcajadas que era incapaz de contener.

        —Que te follen.

        —Eso quisiera —Emmanuel sigue sin poder parar de reír.

        —Me piro a mi casa. Que te jodan.

        —Venga ya, estamos de broma.

        Él echó a andar y a los pocos pasos se cruzó con una chica que caminaba sola.

        —Oye, preciosa, ¿necesitas compañía?

        —No, gracias.

        La chica aceleró el paso y se perdió por las callejuelas. «Puta», dijo él por lo bajo mientras caminaba solo, hacia su piso donde vivía con su perro y dos gatos.

Ella

        —Chicas, me ha llamado.

        —¿Qué dices?

        Raffaella se acercó a ella para escucharla bien; el ruido era ensordecedor.

        —Digo que me ha llamado. Tengo que irme.

        —¿Estás bien?

        Se encogió de hombros.

        —Necesito irme a casa para llamarle. Tranquila, estaré bien.

        Raffaella la rodeó con los brazos y la apretujó con cariño.

        —Si tienes algún problema, llámame y vamos todas si hace falta, ¿vale?

         Ella salió del pub dejando atrás los primeros acordes de November Rain. «Hoy hace buena noche», se repetía a sí misma mientras recorría el camino que, casi como un ritual, hacía cada sábado para llegar hasta su piso, donde vivía con su pareja. Aunque en esta ocasión el piso estaría vacío. Pasó frente a una iglesia, frente a la tetería de su tía y frente a la cervecería, ya cerrada, de su abuelo.

        —Qué coño quiere el tío ese —murmura ella desde la distancia al percatarse de que un chico la escudriña con mucho detenimiento—. ¿Me cambio de acera? No, sé fuerte. Un puto imbécil no te va a incomodar.

        A unos pocos pasos de cruzarse, él chico se detiene.

        —Oye, preciosa, ¿necesitas compañía?

        —No, gracias.

        «Bien, has pasado de él. ¿Te sigue viendo? Creo que sí. Mierda», piensa ella mientras acelera el paso e intenta perderse por entre los callejones.

        —Vale, vale —dice, jadeando de nerviosismo—, creo que le he perdido.

        Sube corriendo las escaleras de la callejuela y tuerce hacia la derecha una vez arriba. Pasa por un local de mala muerte y vuelve a subir el ritmo de sus pasos para alejarse de una pelea. Finalmente llega al portal de su bloque de apartamentos, el 4C. Nada más introducir la llave, suena el móvil. «Lo siento, cariño. Llámame, por favor. Sólo fueron dos calentones tontos. No volverá a pasar. Yo estaba borracho. Muy borracho.», dice el mensaje que ella borra de inmediato.

        —¡Me dijiste que sólo había sido una vez! —le grita al móvil—. Esto se acabó, joder. Se acabó —murmura ella mientras cruza el rellano.

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