Relato: Aquel perro

 Soy terriblemente malo haciendo resúmenes de mis relatos o novelas, así que me limitaré a contar de qué va el relato de esta semana. Los recuerdos de Sam. Esos recuerdos que nos atormentan a todos de vez en cuando: el amor que dejamos atrás.

Tras el salto, el relato.

 

Aquel perro

 

         Joder con el puñetero perro y sus ladridos.

         —¡Cállate, coño! —le grito al perro, seis pisos más abajo.

         Éste parece desafiarme y ladra todavía más alto. Lo cierto es que nunca pensé que un perro tan pequeño tuviese unos pulmones tan jodidamente sonoros. Abro la ventana y le observo, desafiante, mientras él, sin dejar de agitar el rabo, bebe agua de un charco. Es blanco y con lunares beige, aunque está tan sucio que ya se empiezan a fundir ambos colores.

         Creo que le llamaré Daryl, al igual que el Cabrón de Daryl. Además, el perro está dando vueltas sin sentido, igualito que él. Joder, por qué me habré acordado de Daryl. ¿Pero qué clase de nombre es Daryl? Coño, elige un nombre masculino o femenino, que no es tan difícil. Será mejor que respire hondo… Sí, eso está mejor. Las vistas desde aquí son estupendas con todas esas luces nocturnas alargadas sobre el río Hudson. Lo cierto es que, pese el olor a orina y el trajín matutino, me encanta vivir en Chinatown. Aunque el simple hecho de pasar por delante del restaurante chino de la esquina me taladre la cabeza con el recuerdo de Sandrine. Y ése sí es un buen nombre, aunque, siendo honestos, cualquier nombre francés me parece atractivo. En cualquier caso es un desperdicio de nombre en una persona tan horrible. Pero no debería dolerme tanto, porque ¿cuántas personas son engañadas por su pareja con los Daryl’s que hay desperdigados por la vida? Seguro que millones. Pero aún así, no puedo evitar culparme por no querer ver cuando todo se estaba yendo a la mierda. Debí darme cuenta cuando las miradas entre nosotros empezaron a ser más fría que el Hudson en invierno. No sé ni por qué me río. El momento en el que me agarró del brazo frente al ventanal del Hong Kong Buffet y me dijo que no podía seguir mintiéndome… Bah, qué importa ya.

         Una mujer sale por la puerta trasera del restaurante cargando con dos bolsas de basura negras y algunas cajas con letras chinas. Recuerdo que Nick no paraba de repetirme que me tomase las relaciones con más calma, que todos tenemos una «trastienda» en la mente donde guardamos toda la porquería y que no podíamos forzar esa puerta jamás. ¿Será la vida como dice Bukowski y no podemos amar a nadie que conozcamos de verdad? Yo qué sé. Cuando conocí a Sandrine sentí que había llegado mi única oportunidad en el amor, que ella era el amor de mi vida.   Yo era un simple adolescente metido en el cuerpo de un virgen de veintitrés años, como el tío ese que está en el ventanal del restaurante, con la cara sazonada de luces de semáforo, de neón de los carteles y de xenon de los coches que cruzan la calle. Se le nota en la mirada decaída que necesita amor y que el mundo le parece un lugar de mierda. Si fuese un tío valiente bajaría, cruzaría la acera, me dirigiría hacia el restaurante y le diría al chaval que no espere que su mundo se arregle tras echar unos cuantos polvos. Si tu vida es una mierda, será igualmente una mierda con una persona que quieres a tu lado. Y, aunque el Sam de mi interior me diga que no es cierto, a las pruebas me remito. Pero, por otro lado, supongo que la mierda de mi vida no olía tan mal por aquel entonces…

         Los gritos del perro me sacan de mi ensimismamiento. ¿Cuánto tiempo habré estado sin escucharlos? Echo la vista de nuevo hacia la acera y me percato de que el perro no para de ladrarle a toda persona que se cruza con él. Todos pasan de largo sin ni tan siquiera bajar la vista. En el fondo temo que uno de esos peatones haya tenido un día de mierda y lo pague con Daryl. Bueno, si me da pena tal vez no sea como el Cabrón de Daryl. El perro no para de dar vueltas en círculos, como si estuviese protegiendo algo, o acechando algo. Debo reconocer que me tiene intrigado. La cocinera entra de nuevo en el restaurante chino. Bajo la ventana y paso el seguro. Los gritos del perro quedan levemente amortiguados por el cristal. Me escurro en el sofá y dejo que las imágenes de la televisión sin sonido inunden mi cara. Sandrine… ¿Qué habrá sido de ella? Nick dijo que se había vuelto a Nantes; Otto me aseguró que se había casado con un lector editorial polaco y que ahora vivía con él en Varsovia. No sé a quién creer, pero Sandrine siempre ha sido una trotamundos.

         Creo que necesito salir a que me dé el aire: estas cuatro paredes me asfixian. Me visto con el anorak y bajo las escaleras. La señorita Porter tiene la puerta entreabierta y se puede escuchar con todo lujo de detalles la discusión que tiene con su mujer:

         —¡Ojalá te pudras con esa zorra! —grita la señorita Porter.

         —¡No ha pasado nada!

         De pronto los gritos cesan y Mariah sale disparada por la puerta, tropieza conmigo y toma todavía más impulso para bajar las escaleras de dos en dos. Oigo sollozos en el piso de la señorita Porter y me detengo, sintiendo el impulso de llamar a la puerta para decirle que todo irá bien, pero me da vergüenza, pereza y no me gusta mentir, así que me alejo. No recuerdo el momento preciso en el que me convertí en un «pasota hijo de puta», como me espetó Nick poco antes de regresar a Londres.

         Finalmente salgo a la calle y el perro se queda en silencio, observándome como si me conociese desde hace mucho. Esquivo a una pareja de turistas —portugueses, creo—, y me acerco al perro, quien, con el pecho henchido, espera ansioso mi llegada. Me arrodillo y él posa su patita izquierda en mis vaqueros limpios y suelta un ladrido. De pronto se da media vuelta y quiere que le siga. Camino cuatro pasos y el perro se detiene frente a una mancha grisácea de la acera. Me arrodillo de nuevo, sin pensar en qué pensará la gente, y observo la mancha detenidamente. Un grillo moribundo, patas arriba, intenta recobrar su postura natural agitando con todas sus fuerzas las patitas. Estiro lentamente mi dedo índice en su dirección y el bicho se agarra a mi dedo como un parásito, se cae y vuelve a agarrarse a él; así una y otra vez hasta que, finalmente, al quinto intento, logra subir por mi uña y se lanza contra la acera. A los pocos segundos le pierdo la pista en el callejón. Cuando me doy la vuelta, Daryl ya no está, sólo un vaivén de gente cruza la calle, calentándose las manos con su aliento. Sin percatarme, vuelvo a caminar, dejando que mi aliento caliente mis manos. 

cc-by-nc-nd

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