Arte, ciencia y futuro: la sociedad que nos aguarda

Hoy, tal vez motivado por el exceso de azúcar en estas navidades, quiero hacer una reflexión sobre el arte, la ciencia y el futuro de nuestra sociedad. Para comenzar con este tema tan interesante, me gustaría partir dejando clara una cosa: el debate absurdo entre el arte y la ciencia. Y es que, a menudo, se oye a científicos que, de algún modo, ridiculizan el mérito del arte y del artista en la sociedad. Vale, hagamos un pequeño experimento —curioso—. Imagínense a ese científico de la vieja escuela, que tanto se burla del arte, viviendo en un mundo sin música, sin cuadros, sin literatura, sin cine, sin fotografía, sin diseño industrial, sin arquitectura… El arte es un impulso creativo, y estar rodeado de él nos hace tener la mente preparada y dispuesta a evolucionar, a transcender los límites que uno conoce. Bien, creo que queda claro que el arte nos ayudó a evolucionar. Pero no, el arte no es esencial para la vida, pero si uno está triste le gustaría poder escuchar música o ver una película de humor —o incluso un dramón lacrimógeno—, de igual modo que si uno está con una pierna rota necesita una operación, es decir ciencia médica —medicina, vaya—. Así que, el arte y la ciencia no son indispensables para la vida, pero la enriquecen de sobremanera. Por lo tanto, de ningún modo son excluyentes.

 

Futuro


Dejando esto claro, me gustaría pasar a otro tema que, sin duda alguna, es mucho más importante: el futuro. Vivimos un momento realmente apasionante  en medio de otro terriblemente crítico. Como sociedad, hemos ido avanzando tecnológicamente hasta estar en un nivel realmente espectacular, y es que sólo hace falta observar el reciente descubrimiento de las ondas gravitacionales —o la física cuántica, por ejemplo— para darse cuenta de que, en estos momentos, se fragua una de las épocas más espectaculares y fecundas de la historia del conocimiento y la ciencia. Pero, por otro lado, todo esto que hemos logrado —o que estamos a punto de lograr— se puede venir abajo a causa del cambio climático, y es que, sin un planeta donde vivir, ¿qué será de nosotros? Todos los avances científicos, los libros, los cuadros, las fotografías, las historias… Todo caería en el olvido. El maravilloso azar que nos trajo hasta aquí, se iría a causa de nuestra propia autodestrucción.

 

Física cuántica


Ahora me gustaría que el lector se imaginase por un momento que han transcurrido treinta años y que seguimos aquí. Bien, imaginemos que ya han llegado los ordenadores cuánticos al mercado profesional. Para que alguien se haga una idea de los avances que esto supondrá, os pondré dos ejemplos: la comunicación cuántica y el poder de procesamiento. Según las leyes de la física cuántica, un átomo es capaz de «teletransportarse» de un punto A hacia un punto B sin pasar por el medio. Así pues, la comunicación sería mucho más rápida y tremendamente segura. Ahora vamos con la capacidad de procesamiento. Un ordenador cuántico es unas cien millones de veces más rápido que un ordenador doméstico. Cien millones de veces más rápido… Las aplicaciones científicas de esto son innumerables y, entre otras muchas cosas, supondría la llegada de nuevos materiales. Estamos hablando del mayor salto de la informática y está a la vuelta de la esquina si, como sociedad, logramos superar las barreras a las que, como mencionaré después, nos enfrentamos en nuestra sociedad actualmente.

 

Ciencia


Bien, ahora hagamos otro experimento. En esta ocasión vamos a suponer que un artista, o el mundo entero, carece de ciencia o, para hacerlo más «realista», simplemente deja de estudiar la ciencia de lado. ¿Qué ocurriría si un meteorito está dirigiéndose hacia la tierra? ¿Qué pasaría si nuestro planeta Tierra está al borde de la muerte en un mundo acientífico? ¿Qué ocurre con las nuevas enfermedades que sacuden el mundo? Como os podéis imaginar, el mundo sería un total desastre. Y es que, como ya mencioné, la ciencia nos enriquece. El arte, la ciencia y la política —aunque éste último avance muy lentamente— son los pilares en los que se basa nuestra sociedad . Por ejemplo un mecánico sabe al menos las leyes básicas de un motor de combustión, así como un poeta sabe las «leyes» básicas para hacer rimas. Y ya que hablo de motores, me gustaría hacer una analogía con la formula 1 y los coches de calle. Las compañías de F1 invierten en I+D para la tecnología de sus monoplazas, tecnología que, al cabo de un tiempo, termina implantada en los vehículos de calle. Así que, en última instancia, somos nosotros los que terminamos beneficiando de esas investigaciones. Resumiendo: investigar siempre nos termina favoreciendo de un modo u otro.

 

El lastre de tradición


Pero aunque la sociedad y la política estuviese de acuerdo en el avance científico, éste se vería frenado por empresas que se aferran a un clavo ardiendo. Un ejemplo: hace algo más de ciento cincuenta años, en Francia, se usó por primera vez la luz solar para producir energía. Este revolucionario invento causó sensación, pero entonces los precios del petróleo bajaron y le energía solar cayó en el olvido. A principios del siglo XX, unas cincuenta años después, se volvió a usar la energía solar, pero en esta ocasión con un fin: regar los campos de Egipto para poder tener plantaciones. El sistema funcionaba perfectamente, pero entonces llegó la Primera Guerra Mundial y los enormes paneles solares se fundieron para la construcción de las armas para la guerra. ¿Veis adónde quiero llegar? La sociedad y el planeta, incluso las empresas eléctricas, se beneficiarían de la energía solar, pero las empresas petroleras y los gobiernos no. ¿Cuáles son las empresas más poderosas del mundo? Las petroleras. ¿Qué mueve el mundo? La gravedad, pero nuestra sociedad la mueve el dinero. Resumiendo: nos estamos autodestruyendo.

 

Nuestros retos y oportunidades


Pero supongamos que logramos superar esas barreras tan difíciles —aunque si echamos la vista atrás vemos que logramos hazañas similares— y vivimos sin esas preocupaciones. En estos momentos vivimos en el Planeta Tierra y, seguramente, nosotros veamos la llegada del ser humano a Marte pero lo más seguro es que la inmensa mayoría muramos en la Tierra. Así que, estaremos aquí: no tenemos otro planeta. Dicho planeta, recalco el nuestro, tiene unos recursos limitados y la población mundial crece a un ritmo de 80 millones por año. Bien, la era moderna nos ha traído grandes inventos y uno de ellos es el consumismo. Esto tal vez le choque al lector, pero estoy a favor del consumismo puesto que es un sistema económico que funciona si se hacen retoques. Pero, ojo, no estoy a favor del consumismo actual de «usar y tirar» —aunque en muchos casos compramos cosas que ni llegamos a usar—, sino de un consumismo responsable; en definitiva: no me parece mal comprar ropa si dicha ropa se ha fabricado con materiales ecológicos y los empleados que la han fabricado han sido tratados justamente.

Ahora bien, como ya dije antes sobre el petróleo y la energía solar, los combustibles fósiles no sólo tienen como desventaja el hecho de que no son renovables, sino que las técnicas de extracción implican otros muchos factores como la deforestación, la pérdida de biodiversidad y, sobre todo, un gasto excesivo de agua. Y con éste último recurso quiero centrarme ahora mismo. Vivimos en un mundo donde la mayor parte es agua, pero agua salada. Desalinizar el agua es un proceso que requiere de gran cantidad de energía y resulta complejo y caro, tanto para la empresa como para el consumidor. Así que, en aras de un mundo sostenible, vamos a descartar este proceso. Vamos a dar un salto en el tiempo y nos imaginaremos que estamos a veinte años vista, en el año 2037, un año donde los combustibles fósiles ya han pasado a la historia y usamos sólo energías renovables y, como bendita consecuencia, el gasto de agua ha disminuido drásticamente y vivimos tranquilamente… ¿Seguro? Pues no, puesto que no es el único problema al que nos enfrentamos.

En el mundo se estima que hay unos 1.300 millones de vacas. Bien, hagamos unos cálculos. Supongamos que de esos 1.300 millones, 1.000 millones —seguramente sean más de 1.000 millones— son vacas destinadas a la explotación ganadera. Bien. Una vaca bebe al día entre 50 y 150 litros de agua, dependiendo de la estación del año, de si es lechera, lechera de alto rendimiento, etc. Vamos a suponer que la media es de 80 litros al día. 80 x 1.000.000.000= 80.000 millones de litros de agua al día. Y eso sólo es una parte directa, puesto que tras el agua que directamente beben las vacas hay otra tanta en los cultivos, pues una vaca ingiere al día entre un 10% y un 12% de su peso corporal en comida. Todo esto causa —incluida la contaminación por CO2— que, actualmente, existan siete conflictos relacionados con la escasez de agua. Israel y Palestina es un ejemplo. Además, cada día, mueren algo más de 1.400 niños en África a causa de la falta de agua potable. Así pues, no sólo es la necesidad inmediata de olvidarse de los combustibles fósiles, sino la necesidad de maximizar los recursos actuales. La ganadería debe morir al igual que el fracking, la extracción y quema de petróleo, la no reutilización de materia prima…

Otro de los grandes desafíos a los que se enfrenta la sociedad actual —y la del futuro— es la igualdad de género. Hay una cita de Michelle Bachelet, Presidenta de Chile, que me gusta mucho: «Ninguna selección de fútbol del mundo puede ganar un partido sin la mitad de los jugadores». Y así es como «jugamos» actualmente, tratando de ganar el partido con la mitad de jugadores. Sí, es cierto, hemos avanzado en este campo algo, pero el simple dato de que al año se trafica con tres millones de mujeres nos dice que hay mucho, muchísimo por hacer.

Esos son algunos de los desafíos a los que nos enfrentamos actualmente, pero ¿y en el futuro? Hay una cosa que casi podría decirse que me obsesiona, y es la hiperconectividad. En el futuro se promete cambios drásticos al respecto, como exoesqueletos, ordenadores hasta en nuestras gafas y ropa; incluso chips bajo nuestra piel. Ahora mismo se advierte, bastante a menudo, de la necesidad imperiosa de desconectarnos cada cierto tiempo de tanta tecnología para reconectarnos con la naturaleza. ¿Cómo se gestionará esto en el futuro? Pues lo desconozco, pero si tuviese que apostar obligatoriamente diría que, amargamente, nuestra visión de la vida cambiará para adaptarse a un mundo todavía más digital, artificial.

Sí, lo cierto es que soy pesimista con respecto a superar todos estos desafíos y obstáculos, y no porque crea que son obstáculos insalvables, sino porque los que tenemos que salvarlos somos nosotros y, a poco que uno hable con la gente, se da cuenta de que lo más arraigado en el ser humano son las costumbres. Pero, si realmente logramos superar estos problemas, y aunque harán falta pulir muchas cosas de un futuro con aspectos negativos —como el estrés que podría ocasionar la hiperconectividad que mencioné antes—, estaremos ante el momento más espectacular, científicamente hablando, de la historia de la humanidad. Creo que merece la pena salvarnos y vivir, pues podemos llegar a ser una especie extraordinaria.

 


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