Relato: La fiesta en el jardín

La fiesta en el jardín

 

En la mansión, iluminada de tonos magenta que tratan de mostrar la elegancia de una fiesta de ricos, pulula alguien que bordea la casa. Cada dos minutos exactos pasa por delante de las escaleras principales para desaparecer siete segundos después. Y esto es lo más interesante que tengo que ver en esta fiesta de decadencia. La señora Maccagno, con sus sesenta y siete primaveras, está bebiendo de una botella mientras su marido, un chaval de veintipocos, la anima a beber tragos más y más largos; me dan ganas de abofetearla y decirle que ya no tiene quince años. A decir verdad, no sé que pinto aquí. Tengo cuarenta y dos años, estoy recién divorciado —si es que eso importa— y vivo la vida criticando lo miserables que son las vidas de los demás. ¿Me convierte eso en miserable? Puede, pero una cosa no quita la otra. Alguien tropieza conmigo en la pista de baile del jardín y ni se disculpa; ni me molesto. Salgo de la pista y observo a la gente que baila de manera estrambótica al son de Raffaella Carrà y Bob Sinclair. Cuando uno está salido, se le ve a la legua. Yo ya pasé por esa etapa y ahora, sinceramente, es en lo último que pienso. Pero esta gente, ésta falsa juventud, sigue creyendo que la vida es sólo juerga. Qué tristes han tenido que ser sus vidas de los veinte hasta los sesenta para tener que volver a emborracharse como unos críos y a fumar maria. De repente, una mujer que no conozco de nada se me acerca y se pone a mi lado, observando lo que yo observo.

—A mí tampoco me gustan las fiestas.

Tiene acento francés y ademanes poco refinados.

—Cocaína —digo, como si significase algo.

—¿Qué?

—Que estas fiestas son para mí eso: cocaína, drogas, alcohol… Sólo faltan prostitutas y estaríamos en la mansión de Berlusconi.

—No son de tu estilo —la mujer se gira hacia a mí y me percato de que sus manos están llenas de anillos; tal vez lleve tantos anillos como matrimonios ha roto. Con voz pausada me dice—: ¿Cuál es tu estilo?

Llegados a este punto, podría decir «los ajos caramelizados me dan gases» que sonaría igual de erótico, casi pornográfico.

—Mi estilo es quedarme en mi casa observando a la gente y criticando sus vidas. Me hace sentirme mejor con la mía.

—Oh, así que te gusta quedarte en casa —sonríe de tal forma que me dice: «follemos, follemos ya»—. A mí me gusta mucho quedarme en cama, con la ventana abierta y el sol tostando mi espalda desnuda.

Dios, estas cazarrecompensas tienen cada vez menos sutileza. Busco con la mirada a Lucio. Lo encuentro con los pies metidos en la piscina, hablando con Diane y Andreas. Me sonríe. Vale, ella es una prostituta. Me divorcio y todos parecen saber lo que necesito: «Tío, necesitas echar un polvo y pasar página». Ya me he divorciado, gilipollas. No quiero discutir de nuevo con otra persona, ni tan siquiera para decidir quién se pone arriba y quién abajo. Subo las escaleras principales tras esquivar al segurata, el cual va fijo, con la mirada en todas partes menos en mí, claro, porque ahora soy el ex-marido de la señora Mariana Lombardi, lo que me convierte en un mierda. La prostituta me sigue hasta la cocina.

—Sólo he venido a beber un poco de sambuca —le digo—. Quiero estar solo.

—Nunca he entendido cómo alguien puede beber anís fortificado con hierbas y especias.

—Yo puedo. Ahora, por favor, vete a disfrutar de la puta fiesta.

—¿Puedo probar un poco de sambuca?

—Acabas de decir que era asqueroso.

—En mi trabajo pruebo cosas asquerosas, pero lo que tú me ofreces no creo que sea asqueroso.

—En primer lugar, yo no te he ofrecido nada, pero no soy descortés, así que, toma, aquí tienes —le alcanzo un vaso y le echo un poco de sambuca—. Está riquísimo, todo es genial. Ahora vete.

—¿No quieres saber a qué me dedico? Tengo mucho arte en mi oficio.

Lo cual significa que ha chupado muchas pollas, lo cual hace que se me encoja todavía más.

—No me gusta entrometerme en la vida de los demás, sólo criticarla desde el recogimiento más íntimo —le digo, en tono sarcástico.

—Mmm… «íntimo» —repite con voz de orgasmo—. Adoro esa palabra.

—Oh, Dios, está bien. ¿Cuánto te paga Lucio?

—Mil por toda la noche —su voz ha perdido toda postiza sensualidad.

—Te daré dos mil si me dejas acabarme esta botella tranquilo.

—Trato hecho.

Le doy todo lo que tengo en la cartera, unos dos mil ciento cincuenta euros. La mujer se queda en la puerta de la cocina.

—Esperaré aquí unos minutos, si no te importa.

—Si me importa.

—Es que si salgo ahora, él pensará que no hemos hecho nada y no me pagará.

—No es mi proble… Espera, sí. Quédate el tiempo necesario para que te pague, no hay problema.

Pensar en la idea de que Lucio vaya a perder hoy mil euros por una estupidez, me alegra la noche.

—Sírvete lo que quieras —le digo—. Yo me iré a otra parte para beber tranquilamente.

Subo las escaleras hasta la terraza de la última planta. Hace una noche agradable si no fuese por el ruido de fondo y las risas de la gente. Acerco la tumbona y la oriento hacia el otro jardín, el que termina, un par de cientos de metros más allá, en la playa. En esta parte del jardín no hay nadie, salvo el segurata que bordea la mansión cada dos minutos. Llevo sólo una noche divorciado y me siento tranquilo por primera vez en los últimos… catorce años ya, joder. Supongo que no me gusta la compañía de la gente, sólo poder ver esta playa en silencio, el pequeño barquito zozobrando ligeramente en el muelle, la luna reflejada sobre éste. Y pensar que mi felicidad empezó con un: «sí, quiero divorciarme»…

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Categorías Literatura, Relatos y poemasEtiquetas , , , ,

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