Relato El juguete

El juguete

 

—Y entonces qué haces con él, ¿usarlo para batir huevos? —pregunta Madeleine

—Joder, qué asco —responde .

—Con el mío tendría sentido porque es el modelo bala.

—¿Y qué sentido tiene?

—Pues que no tiene huevos y lo usas para batir huevos… Es como si se le cayesen y los estuviesen batiendo. Argh, tener que explicar los chistes es una tontería.

—Al, ¿has acabado?

El pequeño Albert sale del probador con unos pantalones grises, un camisa blanca y un jersey de punto gris.

—No entiendo cómo lo llevas a un colegio pijo. Ni tampoco entiendo cómo no te compras un juguete clásico como el mío.

—¿Tu marido sabe que tienes uno?

El pequeño Albert observa a las dos mujeres mientras se seca los mocos con el dorso de la mano.

—No lo necesitaría si supiese hacerme un buen squirt, pero ése termina antes de sacársela de los pantalones.

—Mami, no te preocupes, tú sí sabes hacer un buen «nesquik».

Madeleine se ríe con tanta fuerza que le entra la tos.

—Gracias, Al.

Chelsea abraza a su hijo y le besa la cabeza.

—Tu hijo sí que es listo —asegura Madeleine en tono jocoso.

—Ja, ja, muy graciosa.

—Seguro que será un rompecorazones con sus manos hábiles.

—Deberías dejar el zumo de naranja con vodka de las mañanas. No te sienta bien.

—Me sienta mejor que bien. Nunca me he reído tanto en mi vida. Tal vez deberías dejarte de mojigatadas, si eso existe, y soltarte un poco. Empezando por comprarte una bala.

—¿Una pistola, mami? —pregunta Albert, asustado.

—No, hijo, es Madeleine que está un poco loca.

—Las locas serán las nuevas reinas. Brindo por eso.

—Ya, está bien. Nos vemos el jueves, ¿no?

—Por supuesto. Y tráeme buenas noticias de tu nuevo juguete, ¿eh?

—Nos vemos allí. Vamos, Al.

Chelsea paga la nueva ropa de su hijo y sale por la puerta. Afuera hace un sol de justicia y el insoportable calor inunda todo el coche. «Estamos en marzo y ya hace más de treinta grados», piensa Chelsea. Abrocha el cinturón de la silla de su hijo y se sienta delante.

—Mami, ¿qué le pasa a tía Madeleine?

Chelsea resopla.

—La vida es dura, hijo. Tú nunca debes caer en eso, ¿vale? —El pequeño asiente sin saber bien a qué se refiere su madre—. Siempre hay que tener esperanza.

—¿Cualquiera puede tener esa enfermedad?

—No es una enfermedad, en su caso es una debilidad. A todos nos cuesta vivir con este calor, con todas las limitaciones de agua, comida y uso de combustible, pero no nos venimos abajo, ¿verdad? —el pequeño asiente, con el pecho lleno de confianza—. Somos fuertes.

—Somos fuertes —repite Albert.

«Decían que el 2029 iba a ser un año en el que todo mejoraría… Soy fuerte por ti, Albert», piensa Chelsea mientras arranca el coche sin apartar la vista del contador de gasolina.

 

cc-by-nc-nd

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