Relato: Viva el Rey… o no

Hace mucho que no escribo nada por aquí, pero he estado liado terminando una novela y empezando otra (que todavía sigo escribiendo). Pero hoy os traigo un relato que casi podría ser una denuncia de la situación actual española, ya que la democracia (más pseudo que nunca) está siendo, ya no atacada, sino asediada. Si acabo en la cárcel, por favor, decidle a mi madre que la quiero.

Viva el Rey… o no

 

Me fijo en el monitor del backstage y pienso que es mentira, la tele no engorda. Lo que sí hace, con la ayuda inestimable del maquillaje, es disimular los asquerosos pliegues que tiene bajo la barbilla el presentador.

—Con todos ustedes, Mario Boncar —grita el presentador y una mujer con unos auriculares más grandes que su cabeza me empuja del brazo para que entre a plató. Los focos me ciegan durante un segundo y entonces veo a la multitud. Ciento veinte personas. Las saludo con la mano y luego le doy un abrazo cordial al presentador. Nos sentamos y noto un sudor recorriéndome por las sobaqueras que no me gusta nada—. Bueno, bueno. Bienvenido, Mario.

—Gracias —digo—. Es un placer estar en tu programa, Ugarte. Te veo todos los días —hay que ser amables y más cuando te invitan a un programa.

—Nada, el placer es nuestro. Mario viene a presentarnos —se dirige al espectador— su nueva novela, Doce putas y un monaguillo. ¿Qué es lo que querías contar con ese título?

El público y Alberto Ugarte esbozan una sonrisa. Ojalá tuviese una razón de ser graciosa ese título.

—Simplemente me sonaba gracioso y odio a la Iglesia, así que…

Ugarte revisa sus notas.

—Tengo anotado aquí que odias algunas cosas más.

—Algunas, sí. Pero tampoco quiero que la gente piense que soy un tío taciturno —aunque sí lo soy—. Sólo es que las cosas que odio, las odio bien.

—Odiar bien —Ugarte asiente convencido—, me gusta ese concepto. ¿Te ha traído problemas?

—No sé si problemas, pero sí un montón de insultos. Pero vamos, si el Rey me parece una grandísima mierda —el público no sabe si reír, aplaudir o enmudecer y hacen las tres cosas a la vez—, junto a toda la escoria que tiene de familia, pues lo digo y no lo escondo. Si acabo en la cárcel, pues mira tú, esa fama que me llevo.

—Bueno —Ugarte trata de cambiar de tema pero lo freno enseguida.

—Voy a soltar toda la bilis que llevo dentro.

—Eh…

Ugarte titubea, pero finalmente se encoge de hombros.

—Carrero blanco no voló tan alto como debía —el público se ríe—. El Rey es una mierda de persona, prepotente a más no poder —el público ahora no lo duda y enmudece, salvo dos o tres que aplauden—. Mariano Rajoy representa a la escoria misma del sistema político español, aunque hay que reconocerle una cosa: destapó la mierda de justicia que tenemos en este país —ahora el público aplaude con unanimidad—. No pasa nada, Alberto —le pongo la mano encima de la suya como gesto de disculpa—, porque todo lo que dije no lo publiqué en Twitter. En Twitter es donde está la policía del pensamiento.

—Bueno, ahí está. Un escritor sin pelos en la lengua. Me gusta, me gusta —Alberto organiza sus notas de nuevo—. Hablemos de tu libro.

—Sí, porque yo he venido a hablar de mi libro y no de cómo puedo absorber un litro y de agua por vía anal.

El público y Ugarte se ríen.

—Qué mítico José Cela, ¿eh? —dice Alberto con cierta nostalgia y un poco de orgullo.

—Sí, muy grande. Imagen de la retranca gallega —me acomodo en el sillón y pienso en de qué va realmente mi novela—. En cuanto a Doce putas y un monaguillo, no va sobre doce putas y un monaguillo, sino sobre cómo alguien que intenta hacer las cosas bien se ve envuelto en una vorágine de problemas. Y lo de las doce putas, bueno, como ya dije es porque me sonaba bien, como si fuese lo opuesto.

—He leído un poco de la novela y el protagonista, Alejandro, es un tío con mucho aplomo, ¿no?

—Hay que tenerlo, porque el mundo está lleno de imbéciles y gobernado por gilipollas. Imagino que los malos están sordos y gritan más —uno del público se ríe; lo habrá pillado, espero.

—En una de las escenas de la novela, Alejandro visita a una vidente y ésta le dice que va a recibir una gran cantidad de dinero y él dice, cito textualmente: «¿De cuánto estamos hablando? ¿Lo suficiente como para poder comprar a todas las videntes del mundo y cerrarles el garito o sólo como para poder irme de vacaciones a la playa que tengo a veinte minutos de casa?». Es un tío con mucha retranca, incoherencias y aplomo, ¿no?

Me acomodo en el sillón; el sudor que me recorre la espalda me está matando de incomodidad.

—Sí, creo que la gente es así. No me creo un personaje de corte común que siempre es coherente y brillante. La mayoría de gente supongo que es así, con mal genio, incoherente a veces pero con ciertos momentos ingeniosos.

Cruzo las piernas y vivo un poco de agua. Está caliente y me entran arcadas que camuflo como tos. El resto de la entrevista la paso entre rascamientos de frente para secarme el sudor, beber agua para aclararme las ideas y buscar algún chiste para que la gente no crea que soy un tío amargado.

—Espera que te quito el micrófono —me dice la regidora de auriculares gigantescos—. Puedes quedarte en la sala de espera o irte, tú decides.

—Tengo que irme, porque mi vuelo sale —giro la muñeca— dentro de una hora y cuarto. Vivo estresado —digo con resignación—. Cada libro que sale al mercado equivale a dos o tres semanas de dormir mal, comer poco y vivir estresado todo el día. Debería buscar una profesión di —me fijo en que la regidora está escuchando lo que le dicen desde los auriculares. Me callo y salgo por la puerta despidiéndome de todo aquel con el que me cruzo por el camino. Salgo al polígono y el frío me sienta como una patada en el culo. Un coche negro, oscuro como el cielo de esta mañana, pega un frenazo frente a mí. Odio ese chirrido de neumáticos. Odio cualquier chirrido, en realidad.

—¡Eh, tú! —me dice un tío que se apea del coche a toda pastilla. Otro fan que quiere que le firme algo.

—Hola, hola —digo, como pidiendo calma, mientras saco el bolígrafo del bolsillo interior del abrigo. El hombre se acerca a paso muy ligero.

—Con Franco arriba, escoria como tú estaría abajo —me grita al oído; me da tanto asco sus palabras como la saliva que me proyecta al oído—. Escritorcillos… Crees que eso es trabajar, ¿verdad? Lo único que hacéis es beber y correros juergas mientras los demás levantamos este país —debe pensar que los escritores somos todos Bukowski’s y Hemingway’s.

—Franco creo que ya no es mucho de levantar el país.

Se le agrandan las fosas nasales y mira que tiene una buena tocha aquí el amigo; casi podría aparcar un camión de juguete en cada fosa.

—Sois la chusma de este país. Insultáis a la corona, os burláis del tío que levantó este país con un par de cojones gracias a echar a toda la mierda de fuera. Os pavoneáis —dudo mucho que esa palabra haya salido de su boca, sino que la traía ensayada de casa— como si todo esto fuese vuestro.

—Franco —digo con tono reposado— no sólo echó a la gente de fuera, también a la de dentro. Las zanjas suelen estar ocupadas, amigo. Pero mejor cállese ya, anda que la boca le hará perder.

—No me sale de los cojones callarme —empieza a salivar y a darme empujones con su pecho, como el cavernícola que es. Yo ya no estoy para aguantar estas cosas, a lo mejor con veinte años me iba de borrachera por ahí y me olvidaba de todo, pero ahora tengo lo que se llama «un cuadro clínico de depresión aguda por entorno deprimente», algo que no existe pero que me lo invento igualmente.

—¿Sabe? —empiezo diciendo con mi tono apaciguador, el que uso para cuando voy a joder a alguien de verdad—, esto es un bolígrafo —meneo delante de sus ojos el boli de metal con el que firmo mis libros.

—¿Con esa mierda escribe sus mierdas de libros?

—Veo que posee una gran retórica, pero déjeme acabar.

—Acabar, vas a acabar hoy. Sí, ya lo creo que sí —me da una colleja y yo tengo que buscar mi zen interior para no arrancarle un ojo y terminar mis «argumentos».

—Como iba diciendo, esto es un bolígrafo —retiro la tapa y queda al aire una punta fina y dorada—. ¿Le gusta la película El Caballero Oscuro?

—No veo esas mierdas que veis la chusma podemita —ahora, si piensas diferente a uno del PP, automáticamente ya eres de Podemos. Pero mira, mejor que no le guste la peli, porque así puedo conservar intacta mi afición por Batman.

—¿Te gusta la magia? —pregunto.

—¿Esa mierda con la que os comen la cabeza los de Podemos? —suelta una risa de tarado y vuelve a hincharme sus asquerosas fosas nasales frente a mi hombro, porque el tío, aún encima, es un puto retaco y un viejo canoso de sesenta años.

—Pues voy a hacerte un truco de magia que te va a encantar.

Tanteo con la mirada dónde tiene la mano derecha, agarro con fuerza el boli con la palma de mi mano y se lo clavo en el dorso de su mano. Suelta un alarido propio de un niño pequeño y digo:

—Veo que la derecha te trae problemas, ¿eh?

Le dejo en el suelo retorciéndose y me voy por donde he venido. Me subo a un taxi y cuando me abrocho el cinturón, el tarado golpea la ventanilla y deja un manchurrón de sangre. El conductor pega un acelerón antes de que el tarado pueda abrirme la puerta.

—Joder, cómo está el mundo —dice el conductor mientras ve al loco gritándole al cielo.

—Ni que lo diga.

Lo peor de todo esto: perder mi bolígrafo. Pero ha merecido la pena. Me encanta putearles.

cc-by-nc-nd

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