Busca un trabajo y hazte un hombre

Busca un trabajo y hazte un hombre

 

 

—Deberías buscarte un trabajo.

Mi respuesta es (insertar aquí un grande, fuerte y bonito dedo corazón listo para comprobar la velocidad del viento). 

—¿Pero cómo puedes ser tan borde e iluso?

Repito mi respuesta. 

—Así te irá mal en la vida. 

Repito mi respuesta hasta que la otra persona me deja en paz. Claro que yo no suelo ser borde sin motivo (sin uno conocido, me refiero). Por ello, voy a contar un pequeño ejemplo de los millones que se producen cada día. 

A menudo escuché historias de esclavitud laboral tales como tener que pedir permiso para ir al baño (sí, hablo del siglo XXI, no del XIX). Pero este tipo de peticiones son necesarias hasta para que el niño pueda ir al baño, con lo cual no me tienen demasiado interés. Esta historia, sin embargo, versa sobre el tiempo. El protagonista se llamará Pablito y su jefe… bueno, le llamaremos Jefe porque es como el 99% de ellos: gilipollas. 

Pablito llegó a la empresa y fichó con su huella dáctilar veinte minutos antes de lo que le correspondía, como había hecho durante toda esa semana. Pero Pablito, tras cumplir su jornada de sábado y a causa del horario de autobuses reducido, tuvo que salir diez minutos antes para no perder el autobús, ya que el siguiente pasaba cuarenta minutos más tarde. Pablito se lo pensó un buen rato, ya que quería evitar la posible bronca de su jefe, pero a su vez, detestaba esperar cuarenta minutos más, ya que hasta su casa había un trayecto de casi dos horas, así que avisó a su sustituto de que se iba, pero al doblar la esquina se topó con la vieja bruja llamada, digamos, Acusica (en todas empresas hay una/o). 

—¿Cómo es que sales tan temprano?

Pablito, cansado por el constante cambio de horarios en su vida laboral, vio el reloj, observó que eran las 6.39 de la mañana y se marchó sin decir ni pio. 

Al día siguiente recibió un correo de Jefe, pidiéndole explicaciones por haberse ido treinta minutos antes. Pablito maldijo a Jefe y Acusica, y aquel gozo interno en el que ambos se precipitaban a un foso lleno de espinas era todo lo que podía esperar, ya que a poco que abriese la boca se iría a la calle. Pese a ello, tuvo que responder al correo electrónico de Jefe, recalcando en el mismo que había entrado veinte minutos antes todos los días de la semana sin recibir ningún halago ni esperándolo. Jefe, quien sabía que cada entrada y salida de la empresa quedaba registrada en la máquina de fichar, ni se molestó en ver los horarios ya que Acusica era la jefa de Pablito, y éste era un simple empleado. Pablito, quien trabajaba por el sueldo mínimo y perdía diariamente casi cuatro horas en el transporte público, tuvo que aguantar la verborrea irritante de Jefe y Acusica sin recibir ningún tipo de disculpa por menos de diez minutos cuando le había regalado a la empresa, en una sola semana, más de una hora extra. 

Y de esta historia es de lo que hablo cuando levanto el dedo corazón ante la pregunta: «¿Por qué no buscas un trabajo?»

 

cc-by-nc-nd

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